23. abr., 2022

SEMBLANZA DE UN MOTERO

Llegas en tu moto nueva,

una Yamaha 500 cc,

el casco te cubre la cara,

tus ojos tan profundos y penetrantes,

tu mirada como un lago,

en el que habitan peces y sirenas,

y cosas que nos gustan a los hombres,

pantalones de pana,

coleta al viento,

cuello alto

chaqueta de piel,

mochila al hombro,

rompiendo esquemas,

saltándote el programa de las fiestas,

los dogmas del establishment,

escandalizando a tirios y troyanos. 

Tus manos son solícitas,

buscándolos a todos,

como un bosque ardiente y misterioso.

Tu porte es elegante y cercano,

como un amanecer eterno,

y refleja esa honda pasión que sientes

por todo lo divino y lo humano.

Eres médico,

pero no de los que ganan un pastón cada mes,

y dedican tres minutos al paciente.

No.

Eres de los que escuchan,

comprenden,

curan,

no solo el cuerpo,

sino también las almas desahuciadas por la vida.

No intervienes en política,

ni en disputas por herencias,

ni en reyertas entre hermanos.

Tu reino no es de este mundo.

Pero te interesa todo,

(nada humano te es ajeno)

el arte, 

el cine,

la música,

la literatura,

la astrofísica,

el origen del universo,

Stephen Hawkings,

la entropía

o Segunda Ley de la Termodinámica,

el misterio de la luz,

la acupuntura,

las redes sociales,

y también las otras galaxias

que se pierden en la noche.

Y por las tardes,

cuando estás solo,

y nadie te ve,

escuchas, en Spotify,

Serenade de Schubert,

o The Second Waltz de Schostakowitsch.

Te está esperando la panda,

la panda de moteros,

rockeros y revolucionarios,

ecologistas y pacifistas,

pendencieros y grafiteros,

apátridas y alternativos,

sabios y alquimistas,

integrados y apocalípticos,

(lo que es nada

y menos que nada),

pero nunca los mentirosos ni falsarios,

ni los de corazón cruel o envilecido.

Te espera la panda,

inquietos, como siempre,

tal vez alguna discusión

sobre quién es el más importante,

atentos a tu palabra que desprende

olor a mar añejo,

y a promesas que nunca envejecen.

Se te acercan los enfermos de Covid,

los menesterosos,

los desahuciados de sus hogares,

los sin techo,

los sin papeles,

los proscritos,

los maltratados,

los que lloran y adolecen

por un mísero plato de lentejas,

y, sobre todo,

se te acercan los niños,

y los que son como ellos,

con su mirada cándida y transparente

y su lengua, a veces viperina,

rodeándote y acorralándote,

para hacerte una de esas preguntas sin respuesta,

que solo saben hacer los niños,

o para pedirte la luna, inalcanzable e imposible,

que vieron en Google Play el otro día.

Nunca tienes un no para nadie,

ni para los transgresores,

ni para los iconoclastas,

ni para los perdedores,

ni para los que sueñan con un país libre,

ni para los que duermen al pairo.

Y te conmueves con el dolor ajeno,

y lloras,

y ríes,

y te entristeces,

y te enfadas,

y también bebes vermouth,

y vas a bodas y banquetes,

y a la ópera y al Cirque du Soleil,

porque no hay sentimiento humano que no conozcas,

ni paisaje que no te emocione.

Y llega la noche

y os reunís alrededor de la chimenea,

en una casa rural,

en el campo, cerca del río,

allá donde los álamos de Machado,

cuestas pronunciadas y abruptas,

como la vida misma,

como las palabras que salen de tu boca,

revulsivo para las conciencias entumecidas,

no aptas para cobardes y sumisos,

para ególatras y consumistas.

Os reunís en la casa rural

donde viven tus amigos,

los más íntimos,

y allí charláis,

de todo lo que acontece en el planeta,

del presente y del futuro,

(el pasado ya nadie lo recuerda),

de peces y de barcas,

de puertos y de atardeceres en el muelle.

Alguno se duerme en tu regazo,

otro alza la voz, porque se ha venido arriba,

desde que le has dicho que era columna

y piedra basilar.

Una de las mujeres trastea por la casa,

la otra, a tus pies, escucha tu palabra.

Y os dan altas horas de la madrugada,

entre parábolas y hagadás.

Hablas en yiddish

o también en la lengua del país,

para que todos te entiendan.

Te acuerdas de la Shoah

y de los millones de judíos

muertos en los campos de exterminio,

y de la muerte de tantos inocentes,

víctimas del odio y la barbarie,

a lo largo y ancho del planeta,

y pides perdón por los crímenes atroces cometidos,

en nombre de no se sabe muy bien qué,

y musitas por lo bajo,

nunca más,

nunca más,

porque tú, amor mío, nunca te olvidas de nadie.

Y cuando os despedís,

ellos siempre te cantan,

al compás de una guitarra,

un poco desafinada, como sus voces,

aquella canción de Pablo Milanés:

Yo no te pido que me bajes

una estrella azul.

Solo te pido que mi espacio

llenes con tu luz.

Llegas en tu moto,

una Yamaha 500 cc,

y te está esperando la panda,

bulliciosa y alborotada.

Las palomas cruzan la bahía,

y la radio está dando las noticias de las ocho de la tarde.

Comentarios recientes

16.02 | 20:30

"El alma es un laberinto de estrellas,

una encrucijada de caminos sin fronteras,"

Me gusta este verso.
Describe muy bien mi visión del alma.

06.01 | 23:14

Me gustan tus poesias, expresan mucho y tienen tanta certeza. Soy una adolescente que escribe poesias tambien jaja, y tu blog me inspira a animarme a crearme el mio. Gracias!! Y segui publicando🙌

08.01 | 16:39

Me detengo un poco pensando que ahí donde nacen los bosques.. ya no hay nada... o más allá de la muerte.

13.12 | 07:34

Gracias. Me sirve de mucho tu comentario

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