poesía

24. ago., 2018

A los pobres y ciegos, mi espada.

A los cautivos y desterrados, mi aliento.

A los desheredados y proscritos, mi casa.

A los rebeldes y audaces, mi sueño.

A los héroes y vagabundos, mi sendero.

A los mendigos y derrotados, mi fuerza

A los heridos y guerreros, mi esperanza.

A los sabios y profetas, mi palabra.

A los que lucharon por las causas perdidas.

A los que murieron por la libertad.

A los que nunca abandonaron el combate.

Por todos los que se lanzaron a este mar proceloso, que es el mundo,

arde hoy una antorcha en su memoria.

23. ago., 2018

Nada más triste que un armario vacío,

que ya no guarda secretos ni cosas inútiles,

ni las cartas de amor de una ingenua adolescencia,

ni el aroma a septiembre recién estrenado.

 

Nada más triste que un armario vacío,

sin citas clandestinas al albur de la noche,

sin manos que acaricien su piel envejecida,

sin naufragios matutinos,

sin rincones polvorientos donde esconder un beso,

sin todas esas cosas que llenan los cajones,

sin esa nostalgia del polvo en el joyero.

 

Nada más triste que un armario vacío.

Nada más triste que un alma sin recuerdos.

19. ago., 2018

En esta hora en que pareces ausente,

que el vacío del hombre ha llenado la tierra,

que la muerte ha vencido a los héroes,

que ya nadie contempla el infinito,

he oído un grito entre tantos escombros,

entre el polvo y el humo que levantan las sombras,

en mitad del abismo, en el rayo fugaz.

Un grito que cruzaba los siglos,

gigantesco, indómito, salvaje.

Un grito que venía a rescatarnos

de la rabia, del odio, del yugo atenazante,

y decía tu nombre, borrado de la historia,

sin miedo, sin ambages, sin pudor.

El último grito en un mar de dolor,

un grito como un eco de esa luz invisible

que todos divisamos en la noche.

Incluso los ciegos y cautivos.

14. ago., 2018

No existe la soledad para quien sueña,

para quien vive en el quicio de lo imposible,

para quien no tiene equipaje ni banderas,

para quien habita las heridas ajenas.

 

No existe la soledad para quien grita,

para quien ama, aunque sea de rodillas,

para quien vive la alegría palmo a palmo,

para quien tiene un rincón para los pobres.

 

No existe la soledad para los héroes,

ni para aquellos que encendieron las antorchas,

ni para los que alguna vez retaron a las sombras.

 

No existe la soledad para los viejos,

ni para los que descubrieron el misterio de la noche,

ni para aquellos que hablan con Dios cuando están solos.

9. ago., 2018

Hoy he buscado en mi armario

esa carta de amor que vino de improviso.

Esos amores antiguos tienen el sabor de la belleza

y el color de los lagos en otoño.

Son como pájaros,

que regresan al primer nido

cuando ya todo está vencido y derrotado.

Leo la carta con la avidez de la primera vez,

mientras suenan violines en los templos

y la luz se hace cada vez más real y más tangible.



El río ya no está turbio.

El bosque ha vuelto con sus latidos penetrantes.

Los montes han abierto sus brazos al hechizo.

Las cumbres ya no están solas.

Se respira un aire doliente y mágico.

 

Hoy ya no le tengo miedo a la noche.