23. abr., 2022

VANITAS VANITATUM

Vanitas vanitatum, dice el Eclesiastés o Qohelet,

como se prefiera,

pero los hombres, torpes y viejos, no aprendemos

y seguimos cometiendo los mismos errores

que nuestros antepasados veterotestamentarios,

y nos colgamos medallas,

muchas medallas,

de oro, de bronce, de platino,

de latón, de puro heno, de viento, de humo,

de nada.

Herencias familiares

que conservamos,

como un pirata preserva su botín,

como un tesoro

con el que deslumbrar a ancianos y progenitores.

Medallas encontradas en una librería de viejo,

en un anticuario de la calle Balmes en Barcelona,

en un naufragio,

en una isla remota del Pacífico,

en una fiesta de disfraces a la que asistimos de niños,

en una entrevista de trabajo,

en una caracola marina,

en el ojo travieso de la luna,

en el fondo de una carpeta enmohecida,

o en un contenedor con premeditación y alevosía.

Es una atracción vertiginosa,

como si el bosque nos hubiera lanzado un maleficio

o el vendaval hubiera decidido cambiar de ruta,

y en vez de dirigirse hacia el norte,

como hacen todos los vendavales 

en todas las novelas que se precien,

se precipita en nuestra humilde morada

y arrasa con todo lo que hay en ella,

vestigios de otras vidas,

palabras bajo los escombros,

alabanzas envenenadas, 

y otros enseres cotidianos.

Así son las medallas que nos colocamos,

vano y falso es nuestro poderío,

como un vendaval fortuito y malévolo,

que nunca nos va a arrullar,

como la brisa de la canción

o del vals

o del vino sabroso que nos urge,

sino que nos sacudirá

hasta dejarnos vacíos y desnudos

ante un mundo hiriente y desalmado.