23. abr., 2022

LAS GAVIOTAS NO TIENEN DÓNDE REFUGIARSE

Avanzando sin prisa,

con la lentitud propia de los carruseles de domingo,

te oigo llegar,

el fuego está crepitando en la chimenea,

y una mujer, por si acaso,

acusada de no se sabe qué crimen,

aparece en el dintel de la puerta,

las manos arrugadas,

el pelo alborotado,

perdida la mirada,

rodeada de hombres doctos y expertos,

corazones de piedra,

jueces crueles,

labios resecos y dormidos,

voces roncas,

anquilosadas por el paso del tiempo,

sin brillo,

amargura de siglos.

Se dicta la sentencia contra la mujer.

Impávido el rostro,

cabizbaja,

con apenas recuerdos,

sin sueños.

Un muro se levanta ante ella,

contra el que chocan todas las olas

de todos los océanos,

de los que soñó cuando era niña,

de los que tuvo en sus manos de muchacha,

de los que perdió no sabe muy bien cuándo.

Se dicta la sentencia.

Condena sin ambages,

sin luz,

sin esperanza,

sin compasión.

Obcecadas las mentes,

mentirosas las lenguas,

odio crepuscular.

El fuego sigue crepitando en la chimenea.

Y tú alzas los ojos y miras a la mujer,

con piedad,

con toda la pena que nunca haya existido,

firme el gesto y la palabra.

Resuenan todavía los ecos

en las alcobas

y también en las calles

y en las ruinas de los templos.

El fuego sigue crepitando en la chimenea

y la frase se esculpe con mármol en las losas,

en los geranios,

en los verdes pastos:

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Y los hombres doctos y expertos,

encadenados a sus propias pasiones,

se van yendo lentamente,

sin dejar huella,

silenciosamente,

¿acallando, tal vez, la voz de su conciencia?

El fuego sigue crepitando en la chimenea.

Tú musitas algo

y escribes en el suelo 

palabras indecibles. 

La mujer se va con paso vacilante,

corazón que galopa 

al ritmo de una vida nueva.

El fuego sigue crepitando en la chimenea.

La luz del sol es algo más tibia esta mañana

y las gaviotas no tienen dónde refugiarse.