9. feb., 2022

LA VERDAD HA MUERTO

 Hace pocos días escribí un poema titulado La postverdad, que el profesor Pedro Jaen, director de la revista letralibre.es, tuvo a bien publicarme. Pero ahora voy a hablar de la postverdad en prosa, porque en verso a veces las cosas no se acaban de entender, por eso de las metáforas y los símbolos. 

 Primero me tengo que remitir a los años 80 del siglo pasado, cuando Umberto Eco publicó El nombre de la rosa y Gorvachev iniciaba la Perestroika en la URSS. Por aquellos tiempos la razón, el logos, la palabra, era la dueña del escenario y detrás de cada frase que se decía o escribía había un argumento. Pero oh la la, el mundo estaba desencantado con tanto dogma y tanta ideología. Y aparecieron los filósofos postmodernos, Foucault, Lyotard, Derrida, Vattimo y un americano que se llamaba Francis Fukuyama, que escribió El fin de la historia. Y con ellos desapareció la razón, el logos, la verdad absoluta, los dogmas. El Muro de Berlín cayó, la URSS se desmoronó y la gente dejó de tener la verdad absoluta para tener solo su parte de verdad. Bye, bye mister Logos, welcome mister Pathos. La verdad absoluta ya no existía, el relativismo se imponía, yo tengo mi verdad, tú tienes tu verdad, él tiene su verdad, y con todos los fragmentos construimos este enorme rompecabezas que es la cultura occidental. Así las cosas, la palabra cedió paso al lenguaje, el logos al pathos, el razonamiento al discurso.

 Pero acabó el siglo XX, se derrumbaron las Torres Gemelas, y el siglo XXI irrumpió con fuerza y el posthumanismo ya estaba totalmente asumido por el hombre contemporáneo. Pero he aquí que no estábamos contentos con tener nuestra verdad y dimos un paso más. Decidimos acabar con la verdad. La verdad ha muerto. ¿Y quién la sustituye? La mentira. Ya no importa lo que se dice, sino cómo se dice. El lenguaje es fundamental y el receptor también. Se trata de embellecer el lenguaje, de cuidar las formas, de ser exquisito, de ser políticamente correcto, aunque se esté mintiendo impunemente y negando que una silla es una silla. La evidencia es difícil de demostrar, por no decir imposible. Dogmas, pocos; axiomas, ninguno. El lenguaje es inconsistente, detrás de cada frase ya no hay un razonamiento, sino el vacío más absoluto. Empieza el Carnaval y el lenguaje es la máscara que oculta la sinrazón, la mentira. 

 En el Humanismo, la dialéctica era esencial, se trataba de convencer al adversario. Ahora la palabra clave es "persuadir". ¿Quién ha ganado un debate? Pues no se sabe, todo depende de quien lo haya escuchado y de lo que haya escuchado. Ah, y del número de "zascas". La teoría de la recepción. Se trata de decir lo que el receptor quiere oír y persuadirlo, conquistarlo, con un lenguaje publicitario, que trata de vender las maravillas de un producto que no existe. Vendedores de humo, charlatanes de feria son los que hoy dominan el escenario. Políticos, periodistas, tertulianos de toda condición y ralea. Ah y los intelectuales, que me los había dejado (¿por qué será?), han perdido su capacidad de análisis y diagnóstico de la realidad y han sido sustituidos por eso tan bonito que son los "influencers". 

¿Qué importa? El lenguaje, la emoción, el relato. Lo del rey está desnudo se vuelve a repetir. Señores, tengo que decirles que la verdad ha muerto y la mentira deambula por platós, mítines, palacios, prensa y lo que es peor, también se ha metido en nuestras casas. Ahora a la mentira le llaman postverdad. Ahí lo dejo.