14. ene., 2022

LA POSTVERDAD

La verdad es molesta y pegajosa,

sobre todo si se la ve a la luz de la luna inmisericorde,

o si se presenta a horas intempestivas,

cuando ya hemos bajado el volumen del móvil

y desconectado del mundanal ruido.

La verdad, además, es complicada,

difícil y abyecta,

con más luces

que los flashes de los paparazzi,

siempre buscando y hurgando

en el fondo de algún armario,

que tendría que estar en el trastero,

pero está en la habitación donde dormimos,

y así la verdad se mete en nuestros sueños,

convirtiéndolos a veces en pesadillas.

A mí, dadme una mentira con categoría ontológica,

con clase,

con prestancia,

panteísta y cosmopolita,

dulce donde las haya,

que vuele mucho

y no se detenga nunca,

de pocas palabras,

etérea, como una mujer romántica, 

sabrosa,

aleatoria,

virtual,

con una luz de bajo consumo,

con el rostro bien maquillado,

porque vienen los filósofos a examinarla

y hay que estar a bien con las élites.

Una mentira a poder ser vanguardista,

innovadora,

pero a la vez un poco decadente,

como las películas de Visconti,

con muchas contradicciones y vericuetos,

pero que sea divertida y mudable.

Sobre todo, es muy importante,

que pueda cambiar de mentira cada día:

la de los domingos,

la del aniversario de bodas,

la que hace juego con la música de Vivaldi,

la atrabiliaria,

la que pueda ponerme en carnavales,

y la del día de mi muerte.

Dadme una mentira

o dos o tres o una docena,

con las que poder reconstruir mi vida,

con su belleza sofisticada y deslumbrante,

y así persuadir y conquistar a los espectadores.