31. dic., 2021

TARDES DE SILENCIO Y DE MELANCOLÍA

Hoy he escrito un poema varias veces

y lo he abandonado otras tantas.

Qué reticente es la palabra,

qué remisa a atracar en nuevos puertos. 

no hay ola que la abata

ni poder que acabe con su reino.

Es la palabra

el don por excelencia

de los que tienen por bandera 

la rara virtud de la elocuencia,

la sabiduría innata de los elegidos,

de los que siempre dudan ante el reo,

de los que nunca franquean los límites de la experiencia.

De la antigüedad toma su oro y esplendor,

su atavío,

su elegante diadema

con la que adorna casas y teatros.

Algo de actriz un poco trasnochada,

atemperada por el paso de los años, 

como quien forja nuevos amores

una tarde de silencio y de melancolía.

De la modernidad, coge su altivez

y su rostro transgresor e iconoclasta,

su máscara, en definitiva,

tras la que oculta

sonrisas de etiqueta 

y valses en sordina.

La palabra cruza canales 

y abandona esperanzas,

destruye puentes

y construye altos edificios,

cuya última planta

está reservada para el amor,

difícil tarea en la que ha invertido

mucho tiempo e ilusiones.

Pero ya no es el amor

lo que le preocupa,

sino la muerte,

siempre tan anodina y previsible.

Así es la palabra,

con la que tengo muchas deudas contraídas,

en esta tarde de silencio y de melancolía.