23. dic., 2021

EL AMOR YA ES UN DÍA CUALQUIERA

Se fue muy temprano,

casi de madrugada.

La casa silenciosa.

Los sirvientes dormían.

Tal vez algún lobo aullaría en las montañas.

Se fue sin despedirse.

Como siempre a la aventura.

Lujo y despilfarro

siguieron a los días y las noches.

Quizá nadie sabía que se había ido tan lejos,

a algún país donde hubiera auroras boreales,

esquimales e iglús de hielo.

Pasaron los años,

ya nada era lo mismo,

su casa era una cueva,

y su lecho, un jergón de paja.

Nostalgia de las tardes de domingo,

de las excursiones al campo,

de los baños en el río de agua helada.

Nostalgia de la casa paterna,

de las horas felices,

de lo que nunca olvidó

porque era más poderoso que él.

Andaba despacio,

con un poco de miedo tal vez,

angustia por los años perdidos,

por aquel manojo de rosas que dejó marchitar,

por el daño infligido,

por todo lo que había roto.

Se conformaba con poco.

Dormir en la buhardilla.

Comer con los pobres que había por allí.

Ser un mendigo más,

un menesteroso sin patria,

un paria de la tierra.

No pedía más.

No tenía derecho ni valor para hacerlo.

Estaba lloviendo.

Empapado de agua, 

miró hacia lo lejos.

No esperaba nada,

aunque lo deseaba todo.

Allí estaba, con los brazos abiertos,

acogiendo al proscrito,

al hombre maldito,

al desheredado,

al que todo lo había vendido.

El padre salió a recibirle,

sin pasar factura,

sin reproche alguno,

sin guardar distancia,

con las manos tendidas.

El amor ya era un día cualquiera,

un día como otro,

sin hacer antesala,

sin reservar sitio,

sin billete de primera,

sin salvoconducto.

El amor al alcance de todos,

de los desposeídos,

de los más cautelosos,

de los insaciables,

de los que dilapidan fortunas,

y también de aquel 

que se fue de su casa,

cuando todos dormían.