12. oct., 2021

EL ÚLTIMO PORSCHE

La muerte, desdicha fuerte,

¿Qué hay quien intente reinar

sabiendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

 

A veces la muerte es trágica.

En otras ocasiones, un desbarajuste.

Algo que, ciertamente, nos supera

e incomoda,

porque la muerte siempre es inoportuna,

cargante y, sobre todo, desabrida.

Morirse a los 20, por ejemplo,

es una temeridad, 

como todo en la juventud.

A los 90, una necesidad perentoria,

y los hijos se pelean por la herencia.

Los niños no se mueren

porque tienen un ángel

que está siempre al quite,

porque los niños,

todo hay que decirlo,

se juegan la vida a cada instante.

A los 40 es una falta de responsabilidad,

porque hay muchas facturas que pagar,

sobre todo la hipoteca,

y se corre el riesgo de que el banco nos desahucie.

Además quedan muchas cosas pendientes:

pintar la casa,

llevar a los niños al conservatorio,

hacer la gimnasia o el yoga,

y, por supuesto, seguir la última serie de Netflix.

Morirse es un engorro

para los que se quedan.

Aparte de que la funeraria es carísima,

hay que hacer muchas cosas,

además de llorar al difunto.

Lo ideal sería no morirse,

estar siempre pletóricos de vida,

y, sobre todo, ganar dinero,

muchísimo dinero,

para hacer viajes, de esos larguísimos,

por todo el mundo y conocer el paraíso en la tierra.

Pero, ay, amigo, la muerte nos reclama,

antes o después,

pero no importa.

Hay quien recibe a la muerte con elegancia

y sin mohín de disgusto.

Nada de dramas. 

Prepararse para recibirla como el Maestre Don Rodrigo,

con valor y gallardía.

Los hay que la ven como el final de este viaje,

absurdo y sin sentido,

que es la vida,

una pasión inútil, que diría el filósofo,

y no comprenden o no quieren comprenderlo,

que la muerte es el último tren o barco o avión,

o bicicleta o un porsche, si se prefiere,

que nos conduce a la Vida,

que va siempre con mayúsculas.