2. sep., 2021

IRREMEDIABLEMENTE

Estoy enamorada de la luz,

de esa luz sin límites,

de esa luz que me rescata del olvido,

de esa luz que es respuesta y atisbo,

de la fuerza que irradia,

de su magnetismo,

de su estallido inesperado.

Me asombra la luz,

cualquier luz,

la primera y virginal,

siempre atenta a mis súplicas.

La del mediodía,

pletórica de vida y en nada equidistante.

La luz de la tarde,

algunas veces tibia y melancólica,

pero nunca hostil ni desabrida.

Una luz que acoge en sus brazos

al hombre perdido entre la niebla.

Me intriga la luz,

siempre inquieta y generosa.

A veces me pregunto por qué,

de dónde viene su misterio,

por qué tantas luces,

cuando solo es una y no se esconde,

aunque, a veces, solo aparezca como un rayo,

vertical y profundo,

u otras, sutilmente,

entre las páginas de un libro,

o en la ráfaga rabiosa de una sonata de Bach.

Me gusta hablar de ella

o escuchar sus sonidos vacilantes,

cuando musita algo inexpresable,

allá a lo lejos. 

Se me hacen cortas las horas en que vive,

cortos, los caminos que ilumina.

Nunca presta al desaliento ni a la monotonía.

A veces la veo en sueños, tímida y distante,

o en una estrella fugaz, que me requiebra.

Estoy enamorada de la luz,

intensamente,

irremediablemente,

y busco siempre

entre los pliegues de mi alma

los senderos ocultos que recorre.

Me fascina la luz

por su belleza,

porque es cierta y no engaña,

porque siempre está cuando la buscas,

porque adopta innúmeras formas y colores,

porque, en fin, es un canto a la vida.

Estoy enamorada de la luz,

porque es una atracción ineludible,

una pasión que me domina,

un amante celoso que siempre me persigue.

Y tal vez, y sobre todo,

sobre todo por esto, 

porque la luz es lo único que queda

en medio de tanta oscuridad.