17. jun., 2020

LA POSADA

La posada era luminosa.

Llegué allí una noche de enero

en que los campos estaban cubiertos de nieve

y se respiraba un silencio límpido y transparente.

En la sala estaba encendida la chimenea

y unos cuantos huéspedes jugaban a las cartas.

Me quedé un rato meditando

mientras fuera soplaba un viento gélido.

Tenía algo de misterio aquella posada,

algo que no había visto en mis innúmeros viajes.

No parecía albergar viejas y turbias historias,

ni crímenes horrendos,

ni túneles secretos,

ni habitaciones sórdidas.

Todo estaba en su lugar.

Los cuadros, los ceniceros, las lámparas.

Incluso la música que sonaba en el tocadiscos.

La recorrí entera.

Paseé por todos sus rincones.

No había polvo en los muebles

ni el tiempo había dejado huella en las paredes.

Sus estancias tenían el aroma de la primavera

y siempre llegaban puntuales a la cita.

Me quedé para siempre en la posada,

porque el alma es buena compañera.