3. ago., 2019

JOHANN SEBASTIAN BACH

De su música surgen los paisajes,

los bosque frondosos, las selvas esperanzadas,

los océanos que vibran al unísono con el cielo.

Su música está llena de números,

palabras inefables, galaxias comprimidas.

En sus crescendos están lo sublime, lo cierto, lo infinito.

Sus notas cruzan el universo desnudas, intangibles,

como un amanecer en perpetuo movimiento.

El alma se extasía y contempla la soledad sonora,

los valles nemorosos,

y se olvida del cetro y de la espada.

Duerme bajo la sombra de un árbol

recordando la primera voz,

la primera luz,

el primer amor.

Vuela sin darle a la caza alcance

y se pierde en los parajes ignotos,

de un color nítido,

mientras los arroyos bajan prístinos, puros, cristalinos.

Y entonces aparecen Fray Luis, San Juan de la Cruz, Garcilaso, Juan Ramón,

recreando la armonía y la paz del templo divino.

El cello, el clave, el violín,

las suites, las sonatas, las Goldberg Variations,

Glenn Gould, Yehudi Menuhin, Pau Casals,

lo efímero y lo eterno.