10. feb., 2019

ELEGÍA A LA MUERTE DE ENRIQUE

Era un domingo de Cristo Rey,

un domingo de trompetas y de ángeles.

Un domingo en que Dios está cerca

aunque los hombres anden en tinieblas.

No llovía, aunque noviembre era ese mes sombrío de difuntos,

en que las tardes pasan somnolientas.

 

Él estaba en la montaña,

bajo un cielo más azul que de costumbre.

Ese cielo que miraba era espejo de su alma,

abierta a todas las luces,

sin puertas ni recovecos.

Andaba deprisa, sí,

dejando atrás lo inservible,

lo que pesaba,

el lastre que le ataba a lo caduco,

para subir más ligero,

más desnudo que la noche,

más fecundo que la tierra.

 

Era un Domingo de Cristo Rey,

y él estaba en la montaña

para alcanzar otra cumbre,

la que siempre deseó,

la que soñó cuando niño,

la que nunca se ocultaba,

aunque la niebla pesara,

la que estaba al final de la montaña,

la que vislumbró al mirar ese cielo

tan azul como su alma.