30. ago., 2017

LUZ QUE TE CONVIERTES EN RÍO, EN PIEDRA, EN PÁJARO

Luz, te conviertes en río, en piedra, en pájaro,

en almanaque, en paisaje abrupto.

Luz, que llegas sin ruido ni alharacas,

sin que nadie se sorprenda ante el misterio asombroso

de crear el universo cada día.

Luz, que llegas siempre pronto

a despertar de su letargo al vagabundo.

Luz, que brillas en el polvo amarillento de las hojas

de un otoño que fue poeta un día.

A través del rayo te revelas

como fuente inagotable de alegría.

Luz marchita del ocaso que se queja.

Luz entreverada en las vidrieras

de una iglesia silenciosa y vieja.

Luz, que corres por los valles

junto al corzo y la gacela.

Luz, que desciendes de las cumbres

y llegas a lo más recóndito del alma.

¿O acaso estabas en el fondo de ella?

 

A veces eres rosa y otras, espina,

pero siempre caminas hacia el sur

con las manos tendidas a los pobres.

Solo los locos conocen tu secreto

que hace siglos robaron a los ciegos.

 

Luz, irrumpes tras la lluvia con pasos de gigante,

regresas siempre con sed, con augurios, con promesas,

con calles que se repiten sin tregua,

con el ímpetu que vence al miedo

de que la noche venga a visitarme.