1. nov., 2015

Las hojas se caen

Las hojas caen,

Las aves huyen,

El corazón se apaga sin remedio,

El silencio como una losa sobre la tierra,

El invierno viene de frente y sin bandera,

Los locos prefieren perderse en la ensenada,

Antes que el mar los derribe de su pedestal.

La luz se desvanece en un torrente de humedad.

Los cristales se rompen y ya nadie habla.

Nadie habla porque la muerte ha impuesto sus dicterios,

Nadie habla porque ya la luna se ha escondido,

Nadie habla porque hablar es retar al universo

Y pedirles a  las rosas que regresen del destierro.

Es preferible callar,

Y dejar que el tiempo se lleve los augurios,

Los presagios, los maleficios,

Y abandone las torres crueles.

Es preferible callar,

Dejar que sean los muertos quienes hablen

Con su voz de terciopelo y cadenciosa.

Dejar que sean los muertos quienes digan las verdades,

Porque los cementerios son volubles y versátiles,

Y el frío que hace en ellos lo desprenden los retratos y las flores.

Dejar que nos cuenten sus historias,

De sus días de brisa y noches de pesadilla.

Es preferible callar,

Y oír los trenes a lo lejos,

Que se llevan la infancia y los recuerdos.

Envejecer, perder las hojas,

Dejar que el otoño empañe el alma

Y el invierno clave su mortal puñal.

Es preferible que los locos huyan con su espanto hacia los bosques,

No volver nunca más a verlos,

Que el tiempo los desarme y los desahucie.

Que nadie hable, por favor,

Que las piedras permanezcan en su sitio,

Con su silencio y dureza.

Que nadie hable,

Que nadie diga te quiero

O que bello es el paisaje,

Es preferible dejar que los muertos hablen

De sus secretos profundos,

Que solo la tierra sabe,

Que solo la tierra profunda recoge y convierte en sueño.