22. jul., 2015

Y rondan los monstruos por los sueños

Esa soledad que, a veces, llega envuelta en relámpagos y voces,

Nubes o flechas sin destino,

Tiene notas de ausencias,

Sabor a humedad y a incertidumbre,

Nombres olvidados en la alacena,

Rostros que regresan para quedarse,

Silencios que son ecos y palabras.

Esa soledad me reprocha, me cansa, me duele,

Se adentra en lo insondable,

Como un mar vagabundo,

O un cielo sin pasaje a lo infinito.

Se burla de las sombras,

¿Qué más quisiera ella que atraerme?

Pero es única y tangible, como el oro,

Aunque a veces se pone de rodillas

Para imitar al viento en su larga travesía.

Es esa soledad, que a veces muerde,

La que pronuncia oráculos sin fecha,

La que desnuda la verdad,

La que dice nunca es demasiado tarde.

La que rescata del naufragio alguna carta,

Dirigida a quién sabe y hacia dónde,

Es esta soledad que pone las cosas en su sitio:

El frío, el rencor, el desaliento.

La indiferencia que me brindan los objetos,

El tiempo como el látigo y el fuego.

Sin armas con las que defenderme,

Me enfrento a ella en esta noche turbia,

En que la gente pasea por las calles,

Y rondan los monstruos por los sueños.