29. dic., 2014

A Bach

 

A Bach

Emerges, como las olas, de improviso

Y asaltas el bajel solitario,

Las calles anegadas de la lluvia de un domingo cualquiera.

Andas por caminos donde la ternura se vuelve huésped del alma.

Tus sonatas, tus suites, tus fugas,

Los violines, el clavicémbalo,

Todo es ave que llena el espacio de certidumbre,

Los sueños ávidos de violetas,

Los paraísos perdidos para el silencio,

Los paraísos que desconocen el llanto y el color de la culebra,

La luz intacta de un beso que nunca ha existido

Sino desde un paisaje abrumador

Por el que pasean los ángeles de aquella isla atávica.

Eres inicio y culmen,

Poesía y estupor,

Roca y almena,

Cumbre y tórrida arena

Vergel y estepa.

Creas las nubes, el desierto, aquella ciudad sin viento, las ramas de los árboles que vuelan al conjuro de tus hechizos, el imprevisto color de la hierba húmeda, el olor de la brisa y de la espuma.

Los astros lanzan un órdago a la muerte

Y el universo entero con sus galaxias y sus sombras

Se convierte en armonía densa, compacta, vértigo que nace entre las flores.

Eres el inicio del fuego que se estrella contra las paredes, contra el mármol, contra el fiero abismo, contra los muros de las iglesias, contra los capiteles,

Contra las farsas y la angustia de los pájaros.

Y emerges otra vez, 

De súbito,

Sereno el camino,

Amplio el valle,

Libre de rumores y nostalgias,

Abrazando el cielo con sus volcanes y su dicha.