poesía

21. oct., 2021

Convertir las heridas en pájaros que cantan,

las derrotas, en raíces profundas,

las espinas, en lluvia que empapa la tierra,

la traición, en cumbres alcanzadas,

la soledad, en el paisaje remoto,

el cautiverio, en primavera perenne,

la vejez, en un bosque olvidado,

el llanto, en un torrente de agua,

el desamor, en nubes pasajeras,

el rencor, en estrellas fugaces. 

Convertir el dolor en hallazgo inmerecido,

en dádiva, en don inesperado,

en árboles que crecen. 

14. oct., 2021

Querida Montse,

siempre alegre,

llenando los espacios vacíos

con tu presencia, atenta a los demás.

Generosa, desprendida de tu propio yo,

iluminando con tu vida

la de los otros,

exprimiéndote hasta la última gota.

Tu cansancio no era cansancio

porque tu fortaleza lo convertía 

en lucha continuada, en valor,

en audacia.

Nos has dejado en herencia

tu capacidad de darte,

tu empatía,

ese saber escuchar que te caracterizaba,

ese saber callar tan oportuno.

Esa actitud constante de mirar,

que en ti era una actitud interior,

que no física.

Llevaste tus limitaciones con paciencia,

no dar la lata, 

recibir con agradecimiento todo,

lo bueno y lo malo,

lo grande y lo pequeño,

porque sabías,

tenías la certeza más absoluta

de que todo era don, dádiva,

regalo inmerecido.

Gracias, Montse, 

por todos estos años de entrega,

de fidelidad,

de un sí sin cortapisas,

afirmación rotunda,

sin fisuras.

Que los ángeles te hayan hecho una ronda

y te hayan recibido como te mereces.



Estimada Montse,

sempre al.legre,

omplint els espais buits

amb la teva presència, atenta als altres.

Generosa, despresa del teu propi jo,

il.luminant amb la teva vida

les altres vides,

exprimin-te fins l'última gota.

El teu cansament no era cansament,

perquè la teva fortalesa ho convertia

en lluita continuada, en valor,

en audàcia.

Ens has deixat en herència,

la teva capacitat de donar-te,

la teva empatia,

també el teu despiste,

aquell saber escoltar,

aquell saber callar tan oportú.

Aquella actitud constant de mirar,

que en tu havia esdevingut actitud interior.

Portaves les teves limitacions amb paciència,

no donar la llauna,

rebre tot amb agraïment,

allò que era bo,

i allò que era dolent,

allò que era petit

i allò que era gran,

perquè sabies,

tenies la certesa més absoluta

de que tot era do, obsequi,

regal immerescut.

Gràcies, Montse,

per tots aquests anys de donació,

de fidelitat,

de un si sense recança,

afirmació rotunda,

sense escletxes.

Que els àngels t' hagin fet una ronda

i t' hagin rebut com et mereixes.

13. oct., 2021

Los árboles también mueren,

aunque resulte difícil de creer.

Mueren de amor, como los hombres,

o de pena o de desidia.

Hay que aprender a cultivarlos,

a cantarles la canción del verano,

a leerles un poema de Whitman,

a tomarse una cañita con ellos.

Hay que crecer bajo los árboles,

subirse a sus ramas,

hacer un nido en ellas

y convivir con los pájaros

para aprender a vivir.

Los árboles también mueren,

aunque nosotros no lo sepamos,

y sigamos comprando y vendiendo,

viajando y durmiendo, como si tal cosa.

Sienten nostalgia del paraíso,

de las selvas tropicales,

de los ríos caudalosos

y, sobre todo, sienten nostalgia

de los viejos, que les contaban historias de amor

o de piratas o de dragones.

Los árboles también mueren,

porque nadie les mira,

ni les escucha, 

ni se preocupa por ellos.

Se mueren

porque no les llega la luz que tanto ansían.

Una luz que los hombres les niegan.

Hay que ser árbol o fruto o rama,

o tal vez raíz,

para comprender que la naturaleza

necesita cuidados y mimos,

si los hombres queremos sobrevivir. 

12. oct., 2021

Me gusta ver nacer los almendros, 

con su flor rosácea,

un poco tímida,

porque irrumpe demasiado temprano,

y deja al invierno en evidencia.

Hay árboles así,

transgresores e iconoclastas,

como si se escaparan 

de un libro de Umberto Eco.

Los cipreses, 

tan altos y erguidos ellos,

pero la realidad es que tienen muy baja autoestima

y siempre están llorando o lamentándose.

También me gustan los pinos,

cerca del mar,

con su olor a brea y a paisaje enamorado.

Otra cosa bien distinta es el roble,

siempre dando lecciones de dignidad 

a todo el que se atreva

a refugiarse bajo sus ramas.

¿Por qué no los álamos?

Álamos del camino en la ribera.

No sé si son dorados,

que diría Machado,

pero prometo haber visto 

en sus cortezas grabados nombres y fechas.

Ay, el amor, que siempre llega tarde

y nos abandona tan pronto.

No sé si lo he dicho,

pero me gusta ver nacer los almendros

con su hoja rosácea y tempranera,

y acordarme de que algún día, como ellos,

yo también moriré.

12. oct., 2021

La muerte, desdicha fuerte,

¿Qué hay quien intente reinar

sabiendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

 

A veces la muerte es trágica.

En otras ocasiones, un desbarajuste.

Algo que, ciertamente, nos supera

e incomoda,

porque la muerte siempre es inoportuna,

cargante y, sobre todo, desabrida.

Morirse a los 20, por ejemplo,

es una temeridad, 

como todo en la juventud.

A los 90, una necesidad perentoria,

y los hijos se pelean por la herencia.

Los niños no se mueren

porque tienen un ángel

que está siempre al quite,

porque los niños,

todo hay que decirlo,

se juegan la vida a cada instante.

A los 40 es una falta de responsabilidad,

porque hay muchas facturas que pagar,

sobre todo la hipoteca,

y se corre el riesgo de que el banco nos desahucie.

Además quedan muchas cosas pendientes:

pintar la casa,

llevar a los niños al conservatorio,

hacer la gimnasia o el yoga,

y, por supuesto, seguir la última serie de Netflix.

Morirse es un engorro

para los que se quedan.

Aparte de que la funeraria es carísima,

hay que hacer muchas cosas,

además de llorar al difunto.

Lo ideal sería no morirse,

estar siempre pletóricos de vida,

y, sobre todo, ganar dinero,

muchísimo dinero,

para hacer viajes, de esos larguísimos,

por todo el mundo y conocer el paraíso en la tierra.

Pero, ay, amigo, la muerte nos reclama,

antes o después,

pero no importa.

Hay quien recibe a la muerte con elegancia

y sin mohín de disgusto.

Nada de dramas. 

Prepararse para recibirla como el Maestre Don Rodrigo,

con valor y gallardía.

Los hay que la ven como el final de este viaje,

absurdo y sin sentido,

que es la vida,

una pasión inútil, que diría el filósofo,

y no comprenden o no quieren comprenderlo,

que la muerte es el último tren o barco o avión,

o bicicleta o un porsche, si se prefiere,

que nos conduce a la Vida,

que va siempre con mayúsculas.