Oigo tu andar vacilante y descalzo en mi tormentoso sueño.

Cuándo amanecerá la aurora que tanto espero?

Y te arranco de mi insignificante sueño

En el que anidan las gaviotas

Y se ven tus ojos a lo lejos.

Hallo en tu mañana

La incierta brisa

Que llega del mar ausente.

Los bosques, los ríos, el desolado huracán

 volcaron tanto silencio y soledad

Sobre mi vida,

Antes de encontrarte

En esa oscura y susurrante mañana,

En que la brisa abrió los labios

Para besar todos mis sueños.

 

Las calles de mi ciudad

 

No. Las calles que pueblan mi ciudad

No son las que tú añoraste en tus fabulosos sueños.

Son otras.

Son aquellas en las que se posó la ternura

En su cándida inocencia.

Y las de aquel halcón que voló tan alto hasta alcanzar las estrellas.

Son aquellas que se impregnaron de la mirada de algún viejo noctámbulo

O del valor de algún niño que no ignora el olor de la esperanza.

Son aquellas que llené de bosques interminables

Y de palabras que el viento no descartó

En su fugaz recorrido.

Las llené de montes y de ríos,

De penumbras y certezas.

De miradas y de sueños,

De promesas incumplidas y de áridos paisajes

devorados por el polvo.

De sonatas matutinas

Y de violines nocturnos

Son calles en las que no deambula el silencio

Ni vagabundos errantes en busca de alguna luna.

Son calles en las que el amor pasea

Por las cornisas de un sueño que no es el tuyo.

Las calles de mi ciudad están vacías de herrumbre

Y de mágicos poetas.

Son calles en las que no habita

Más que mi soledad inmensa y mi rutina,

Tal vez mi ruina decretada por algún burócrata inexperto.

Herméticas.

Insondables

Indiferentes al insomnio que pasea por las húmedas callejas,

De antaño, de aquel entonces,

De aquel tiempo inmensurable.

Cuando los hombres lloraban a la luz de una luciérnaga.

No. Las calles por las que deambula mi risa

Están llenas del misterio de alguna rosa ignorada.

No. Mis calles no son las que tú soñaste

O inventado en algún desván escondido.

No. Mis calles no conducen a tu casa

Y no aspiran el aroma de tus flores,

Por eso, yo, en esta mañana tan triste,

Azotada por el viento,

Les pongo nombre a mis calles,

Para que el eco, en su desasosiego, despiadado, destartalado y sombrío

Las acerque hasta el umbral de tus sueños.

 

 

 

 

Tu horizonte de estrellas y poetas

Me queda el cielo gris,

Y la noche absorta en tu mirada 

Me queda la tarde aquella 

Tan lúcida,

Tan nítida y exacta

Como un reloj de cuerda sin agujas.

Me queda todo lo absurdo

Que dejaste en algún armario olvidado

Me quedan algunas cosas

Que es preferible borrarlas

Y lanzarlas por la borda de aquel barco

Anclado en algún puerto de un país lejano.

Me queda tu ternura,

 Tu silencio enredado en la rama de aquel árbol.

Me queda tu alma,

Por la que paseo descalza cuando llueve.

Me queda la hojarasca de tu vida

Tu increible madrugada y tu tristeza.

Me queda todo aquello que dijiste

Ebrio de estrellas y poetas.

Me queda la luz impávida, 

Y tu héroe, y tus sandalias

Y aquel violín que acaricia cuando hablas.

Me quedan tus calles, tus desiertos y tus mares.

Me quedan tus olvidos y algún alacrán que llora por las noches.

Me quedan tu prenda y tu vacío, tu ciprés y tu sonata.

Me lo dejaste todo,

 Y te llevaste lo único que quería

Y que hoy más que nunca echo de menos.

 

 

 

 

Que nadie sepa su nombre

No lo nombréis nunca,

No rompáis el hechizo,

Dejadlo como está.

Intacto.

Incólume.

Evocando recuerdos solitarios.

Dejadlo perdido entre los objetos de aquel desván tan sórdido,

Donde yo lo descubrí.

Inaccesible al viento,

Al dolor,

A la mentira.

Dejadme que os lo diga:

No le toquéis.

Dejadme con él a solas.

Con su dulzura, con su llanto, con su andar enardecido.

No os lo llevéis.

Dejadlo aquí inerme o inerte

Que más da,

Con su sombra en el quicio de ese sueño inmarcesible.

Os lo suplico.

No lo toquéis, 

No le hagáis daño,

Que es mi vuelo, mi esperanza, mi gran espacio vacío.

Quedaos con todo lo demás.

Os lo concedo.

Y firmo ante notario mi legado,

Mi egoísmo, mi indescriptible tristeza, mi total melancolía.

A través de las luces infinitas que rasgan el horizonte.

Pero, por favor, dejadlo donde está.

Que nadie sepa su nombre.

Que nadie note su ausencia.

 

 

Procuro sonreír

Procuro sonreír aunque la dicha no pregunte por ti,

Aunque los días de la semana se resuelvan a favor del diluvio universal.

Aunque nadie levante la cabeza y se siente en mi mesa de madrugada.

Aunque las aves pasen de largo buscando otro horizonte que llorar.

Aunque no haya más que ruinas en mi vida y disputas y homenajes en tu honor.

Aunque el miedo entre por los resquicios de una noche intempestiva.

Aunque sea lo último que haga y lo primero que me despierte.

Aunque me asalte el insomnio en mi alborotada almohada.

Procuro sonreír aunque ya no te asomes en mi ventana

Y los grillos no amenacen mi alma profunda.

las cosas viejas

Me gustan las cosas viejas como tú

Con la lluvia en la espalda como un harapiento,

Con la tarde sedienta y vagabunda por las calles de tu alma

Con la tristeza a cuestas de un clown irredento y trasnochado.

Me gustan las cosas viejas como tú

Que ya no saben a nada,

Que ya no mendigan nada,

Que ya no lloran por nada, 

Que ya no luchan por nada.

Me gustan las cosas viejas como tú

Con las manos abiertas a la vida,

Con la mirada atónita del niño

Que espera recibirlo todo sin dar nada.

Porque eres de siempre y de nunca,

De la mañana y la noche,

Del rocío y la escarcha,

Del mar y las tempestades

Porque eres orilla que llega

Al regazo de mi noche

Porque tras las arrugas de tu frente

Se esconden emociones no vividas

Y aventuras que despachas una mañana de octubre

Porque escondes en tus manos ajadas y polvorientas

La única vida, la tuya.

Y sobre todo, porque por tus galerías y rincones

Entra la luz a raudales.

 

De la nada a tu infinito

De luz a luz el día se transmuta

Esperando en el insomnio su guarida.

De la nada o del barro o del vacío

La luz surge

Clara, eminente, nítida 

Para tus ojos que no ven

Para los míos.

La nada no existió

Fue tu destino

Que labraste fuego a fuego

Sin morada, sin escrúpulo, sin cansancio

Día a día la luz se transmuta

Gris, blanca, roja, azul

En una gradación que va de ti al infinito,

Como si nada.

De la nada a ti, a mi, a todos,

Sin sombras, 

Tu destino marcado por esa luz matutina,

Por los ojos crepusculares tan oscuros de un horizonte

Que no muere,

Porque la luz lo convierte

En definitivo, sin recelos, sin dudas, sin huidas

De la nada a tu infinito.

Sin saber cómo, se transmuta tu luz,

La mía, la de todos

No en un azar, o un destino inexorable,

No en la materia inerte de la nada.

De la nada al instante, tiempo efímero,

Con su sombra, incierto reflejo de la nada,

Que se detiene en la luz inagotable de tu día.

 

Tal como eres

Te revelaste tal como eres

sórdido, cansado, invicto y agorero.

De aventuras que nunca serán tuyas

llenaste mis recuerdos de horas tristes.

Me abandonaste en un libro

cuyas páginas nunca abriste,

por miedo, por desidia,

tal vez, por no encontrarme.

Seguro de que a tal hora,

acudiré a la cita, puntualmente.

Al hallazgo, a devolverte lo que no me diste.

Ese árbol con las ramas centenarias,

el viento insípido,

alguna gota de agua que se quedó prendida en mi gabardina,

ese sendero que nunca hollaste,

y que ahora me reclamas con tu voz amarillenta.

Te revelaste tal cual eres,

sin amor, sin estrellas, sin luna, sin rocío.

Sin la capacidad del niño de asombrarse,

de quedarse atónito ante el descubrimiento.

Me abandonaste en las páginas de aquel libro

que nunca abriste,

y alguien, en un descuido, borró la pátina.

Y halló tu voz junto a la mía,

desnuda, borracha de alegrías de acacias y de hierbabuena.

Los viejos

Les pasa, a veces, a los viejos

Que con los años se vuelven tiernos.

Como el niño imaginado

Que descubre intacto sus manos, sus pies, sus ojos.

Son como esponjas que absorben

Lo vivido en algún rincón del mundo

De ese mundo imaginado que no vieron,

Pero lo soñaron en los múltiples bosques

Que cruzaron sus vidas y se fueron

Alguna madrugada de algún invierno insospechado y triste.

Como sus vidas mismas, los viejos están latentes

En un corazón sombrío, en algún parque sin estanque,

En la lluvia persistente de sus recuerdos insólitos

E irrefutables.

Como niños sacuden las palmeras

De sus ajados y polvorientos silencios.

Hay tristeza en los ojos de los viejos

Porque no saben lo que es el dolor ni la amargura

Y se consuelan por las noches con un simple vaso de agua fría

Que alguien, en un alarde de ternura, les deja cada noche en su mesilla.

Hay emociones en las voces de los viejos

Emociones que rompen a llorar

Cuando el rocío llama a sus puertas

Y les indica el camino de regreso.

Un camino repleto de aventuras que le han robado al mar calmo y sereno.

Les pasa a veces, a los viejos

Que con los años se vuelven tiernos

con la pátina de los objetos rancios que se derrumban ante los recuerdos.

Me he dejado llevar

Me he dejado llevar por aquel viento helado 

Que, en ocasiones, asoma por tus ojos,

Anunciándome por calles y ciudades

Que el dolor y el amor van de camino.

Me he dejado llevar por aquel viento helado

Que, en ocasiones, besa con tus manos

Y me dicen que el abandono y la desidia

Han aparcado al lado de mi casa.

Me he dejado llevar por aquel viento helado

Que, en ocasiones, reposa entre tus hojas

Asegurándome a pecho descubierto

Que el cielo ya no colma mi esperanza.

Me he dejado llevar por tus palabras

Todas ellas cuajadas de mi llanto

y las guardo con cariño bajo mi almohada

Para vivir al pairo de tu sueño.

 

 

 

Tu existes, sin más

Tú existes, sin más,

Sin puntos, sin comas, sin acentos, sin faltas,

Sin rumores, sin fisuras.

Entre las muchas dudas que me hieren.

Eres vendaval, azar fortuito

Hojas que se mojan con la lluvia

De un domingo sin más de tu existencia. 

Tú existes, por eso.

Me lo dicen tus besos de alabastro,

Tu mirada rotunda,

Tu cuerpo intacto

Me lo dicen tus lágrimas temblorosas al amago de algún sauce que trepa tu inocencia.

Cuando ríes y tu risa cabalga por mis manos.

Tú existes sin más

Entre el ahogo y el canto de algún grillo

Que escucha los ecos de tu voz

Inenarrable

Inexcusable

Imperturbable

Tú existes cuando me salto el semáforo en rojo

Y transgredo las últimas normas que me acusan

De haber violado algún jardín ignoto.

Tu existes con tu bellas fragancias

Con tu tarjeta de pidámelo por favor

Con tu traje de etiqueta

Con tu bruma

Con tu brisa también

Con tu desdicha y tu dicha de ignorar las madrugadas,

Y tus zapatos de vagabundo que se mueve ágilmente entre las sombras.

Tú existes, sin más 

Con tu azotea y tus perfiles infinitos,

En los últimos soles de una tierra que la maldijo el rocío.

Si no te digo adiós es porque existes

Entre las líneas de aquel mar confuso e irresistible

Y una dulce mañana de verano

Te paraste a mendigar ante mi puerta.

 

 

Anidé en los últimos recovecos de tu alma

Anidé en los últimos recovecos de tu alma, 

En las únicas estancias vacías

Adonde no llegan las lluvias torrenciales,

Ni el naufragio diario de mi rutina.

Horadé los túneles inquietantes

De mi vieja y destartalada alcoba.

Para alcanzar tus ojos desde mi ventana,

Y abandonar mís sórdidos recuerdos.

Tus manos fueron dulces y surcaron

Insondables horizontes de esperanza.

Pero llegó el fuego y mordió el dolor

Y el viento hirió mi refugio inquebrantable.

Desde entonces espero que los dioses

Se apiaden de mi silencio.

Y devuelvan la vida a la incierta y marchita hoja,

donde nieva incesantemente todas las mañanas del invierno.

el olvido

Que no te acuerdes nunca, no

De que pasé mi nombre por tu frente.

Por eso las gaviotas me consolaron 

Cuando huiste, aquella tarde lóbrega, de mi sueño.

Que no recuerdes, nunca, no

Los haces luminosos de mi sombra

Y llegues a un paraje virginal 

Donde no llegan las lluvias torrenciales ni lloran los viejos.

No sea que al acordarte

Se te llenen las manos de recuerdos insospechados,

Que nunca viste.

Y se apodere de tu alma el huracán del desierto.

No espero nada

No espero nada de esas nubes que pueblan el cielo nuevo

Y brillante de tu luna

De aquella mañana tan azul como tus rosas

Aunque ya nada es azul.

Si algún día lo hice

El viento lo ha ahuyentado por caminos escarpados.

Ya ni el silencio me asusta.

Las horas pasarán por aquel reloj parado de mi estantería.

Y la indiferencia,

Buena consejera,

Se irá posando en los libros viejos de hojas amarillentas,

Como mi dolor.

Y tu ausencia abrigará la alegría,

Que se extenderá en alguna tierra lejana de mi vida.

Ya no recordaré tu nombre,

Ni extenderé mi palabra en tu horizonte

Quedará mi vida pendiente de algún no sé,

De algún tal vez,

De algún quizás,

Que se esconderán entre las rocas más amargas de aquel otoño abrupto

En el que nunca te hallé.

 

 

La verdad

La verdad es tan fácil y distinta

Que me muerde hasta los tuétanos. 

La verdad que se posa en tus ojos maltrechos por tanta luz

La verdad que me dice que aquel camino 

Donde los árboles no hablan,

Sino que curiosean impacientemente,

No conduce a tu silencio con que me abrigo.

Quizás no acuda el torrente de palabras 

Con que te hablé aquella mañana en tu paraje

Ni tus imágenes se multipliquen en mi madrugada.

Pero la verdad es así,

Huidiza, resbaladiza a veces

Y sin embargo se impone a la certeza

De que todo es inútil, imposible,

De que mis ojos no lloren ya tu beso,

Que pasaste de largo por mi puerta,

Que los pájaros rondaron otras noches

Y la ciudad se quedó desierta.

Así es la verdad, como un niño,

Lo dice todo,

Con su crueldad innata

Y su dulzura.

Llegó hasta mi puerta la verdad

Para descubrir que el horizonte no se acaba en tus palabras

Y los azules serán intensos en mi silencio.

 

La muralla

Pasaré toda mi vida escribiendo tu nombre entre las olas

De aquel mar bravío que inventaste.

Escribirte entre mis manos

Es repetir lo mismo 

Incesantemente

Hermético, tu nombre

Aislado del resto del mundo

Intentando liberarte de las piedras

Que te niegan.

Pasean las sombras por tu nombre

Como una muralla custodiando tu ciudad

El polvo se rebela contra el cielo turbio

Que reclama clemencia para tu nombre. 

No hay estrellas en tu nombre amurallado.

Un viento seco amenaza con derrumbarlo.

Quiere llover en tu nombre amurallado, 

Mientras, los niños lloran en el regazo de su madre.

Tu nombre, tembloroso, se extiende por todo el horizonte.

Las nubes deshacen su intrincada estrategia de muerte y abandono,

Pero tu nombre duerme custodiado por soldados legendarios de tu muralla solitaria

 

La despedida

Me dejé caer entre tus hojas

Una noche sórdida de invierno.

Sin saber que perdía entre las horas

La ternura que tus manos no me dieron.

Se calló el sauce y los mirtos me ofrecieron su fragancia,

Pero el día olvidó su madrugada 

Que huyó por las puertas de aquel viento.

Vacié mi casa de recuerdos

Para no ver tu rostro en ellos,

Porque el silencio presenció todos mis actos

Que la luna confirmó con sus reflejos

En el tiempo vislumbré tu despedida

Y las hojas lloraron en el cielo.

Cuando dices adiós

Por qué al decirme adiós

¿Dejas siempre abandonado tu olor en mi mejilla?

¿Por qué al irte echan todas las fragancias a volar?

¿Por qué se rompe el frío

Y se arrugan las rosas en la nieve?

¿Por qué en tu horizonte crepitan las llamas a los lejos?

Si no dejaste más que retazos de ternura en mi regazo.

Si te dejaste olvidada la rosa incólume

En algún rincón de mi memoria,

Que hoy alza el vuelo hasta alcanzar

El paisaje abrupto de tu recuerdo.

 

 

 

¿De dónde?

De dónde esta ternura volando por tu horizonte?

De dónde este olor que desprenden las acacias?

De dónde el color de tu marchito silencio?

De dónde tanto amor apelmazado en tu caricia?

 

Título de la página

Entregué mi esperanza a los vientos,

En un rapto de ternura

Y la lluvia me devolvió su sombra blanca,

En un rapto de dolor