La ciudad mágica

                                                LA CIUDAD MÁGICA

En cuyo borde alguien, tal vez un ser humano, había escrito una leyenda:

                    "Cuando el pintor descubrió la Ciudad Mágica enterrada en el mítico río de los Proverbios, recordó que los hombres habían nacido para ser inmortales" [ Manuscrito III del Libro I de Alfa y Omega]

                                  

  Reflejaba el sol los últimos rayos de un atardecer cáustico en las paredes amarillentas del edificio más grande de la ciudad. Todos los relojes daban la hora simultáneamente y las campanas enloquecían en las torres de las iglesias  antiguas. Se oían a lo lejos los murmullos ensordecedores de los grillos que intentaban alcanzar, en vano, las ramas de los árboles más altos. La ciudad a aquellas horas de la tarde resplandecía con una luz reverberante que dibujaba sombras en todos los espacios vacíos. Un borracho, un ciego, un cojo, un vagabundo, algún músico que entonaba melodías amargas para consolar algún  corazón averiado, formaban, en aquel crepúsculo otoñal, un paisaje urbano digno de ser retratado por el más insigne de los pintores modernistas. Paseaban el cortejo de sus miserias impunemente por las callejas amargas que recorrían la parte vieja de la ciudad. Allí se daban cita los tipos más arrastrados, la hez y nata de la distinguida sociedad de artistas fracasados. Frecuentaban casinos, bares, tertulias para reírse estrepitosamente de los viejos y nobles señores que decidían diariamente quiénes eran los triunfadores y renovadores del arte. Allí pasaban horas y noches largas hasta que el amanecer los encontraba ateridos de frío en algún recoveco de la ciudad. No había lugar para ellos. La calle vacía era testigo de excepción de aquellos hombres que sacudían la belleza del letargo secular para encontrarse que la noche acariciaba los últimos compases de una vida acabada ya, turbia y vieja. Los artistas, pintores, músicos, poetas, amigos que se citaban cada noche en el barrio más ingenuo e infantil de la ciudad, tendían su mercancía por las calles alargadas y empedradas, cerca del puente, a las orillas del río. Allí estaba el pintor mirando asombrado cómo las aguas se movían espaciosamente. Miraba hacia lo más profundo del río para ver reflejado en él las calles empedradas, las macilentas viejas apoyadas en la barandilla del puente, los perros abandonados, las latas vacías, los amores colgados de las rejas de algun portalón oscuro. Miraba atentamente porque la Ciudad Nueva que él conocía se desdibujaba entre los nítidos rayos de la luna blanca y limpia. Se perfilaban nuevos contornos, cálidos y herrumbrosos como los años vividos en soledad. De las ruinas polvorientas de la Ciudad Nueva emergía un sólido y fosforescente mundo amurallado que se ofrecía a los ojos del pintor con una nueva imagen. Se oían los primeros acordes de un violín y entonces, como por encanto, se encendieron misteriosamente las luces de los viejos castillos medievales, y los duendes salieron con espadas para enfrentarse a los temibles y odiosos gigantes que acechaban en las entradas de los bosques virginales. Entonces alguien desde una punta de la calle lanzó el grito de guerra: Praga es la ciudad más hermosa que jamás he visto. Y se dispusieron todos los soldados en orden de batalla para librar la defensa de la ciudad más hermosa que Polanquín, poeta inveterado entre todos ellos, evocaba en los versos más sublimes que se habían escrito desde época inmemorial. Se borraron los perfiles agudos del tiempo y acudieron a la esotérica cita personajes pertenecientes a las más inverosímiles fantasías. Se abrieron los libros y desde las últimas páginas emprendieron una larga excursión las damas y caballeros, sin que faltasen los pajes más encopetados, para rendir honores a la Ciudad Mágica. Desde el Balcón Encantado se divisaban los montes y llanuras que recorrían los siete planetas y recordaban a los habitantes de la Ciudad Mágica que se iniciaban los torneos anuales. 

 Allí Polanquín y sus secuaces, los infames hombres pertenecientes a las Turbas Noctámbulas proscritas por la justicia y con orden de caza y captura, planeaban sus estrategias de ataque y defensiva de la Ciudad Mágica para que las bombas mortíferas procedentes de la Ciudad Nueva no pudieran dañarles. El último tesoro escondido en la imaginación humana se hallaba en el Castillo de las Cuatro Fortificaciones custodiado por los Albores y Peñascos, soldados de honor de su majestad la Princesa de los Mirtos Enjaulados. Cuando llegaba Polanquín con el correo diario para presentarle a la Princesa los últimos partes informativos, las trompetas reales anunciaban su llegada. Los escudos se cerraban a su paso y le protegían de cualquier posible atentado del enemigo. Las noches se hacían cortas en la sala de los Enigmas. Allí se reunían todos los artistas rechazados por el prosaico y aburrido mundo diurno para ofrecerle a la Princesa los últimos adelantos que en la "ciencia fantástica" (disciplina estudiada con horror y relegada a un segundo plano por los Miembros Honoríficos de la Academia Anónima) se estaban realizando en la Ciudad Nueva. Y descubrían, debajo de los cojines polvorientos, manuscritos seculares que revelaban insospechadas historias de amor protagonizadas por los viejos habitantes. De vez en cuando Polanquín tocaba el arpa para deleitar a su majestad y los espejos se mecían como alborotados por la música estridente y disonante que emergía de aquellas cuerdas rotas y anticuadas. Todo resultaba extremadamente insólito en aquel castillo medieval en el que las águilas pernoctaban en las alcobas y los halcones custodiaban a las hadas para que no las secuestraran los manirrotos bufones colorados. Eran felices Polanquín y sus secuaces. Leían, atrincherados en los enormes sillones, historias de bandidos, de guerreros, de bardos y de poetas. De vez en cuando alzaban la voz y le dedicaban a su majestad, la Princesa de los Mirtos Enjaulados, los últimos versos compuestos en lengua vernácula: "el misterio de la vida se encierra en el ínfimo pensamiento que reposa en la botella dorada". Horas y horas dedicaron los ilustres personajes a descifrar aquellas enigmáticas palabras y convocaron a los más egregios escritores. Borges, llegó con una capa raída y El Aleph bajo el brazo dispuesto a encontrar, en la historia de los tiempos, al hombre pronosticado por todos los oráculos para recuperar el camino perdido en el laberíntico monte. Le increpó Rubén violentamente que no bebiera de la Copa destinada a la mítica Princesa. Y se pasaron tres horas deliberando sobre el futuro de la Rueda Grande que estaba situada a la entrada del Palacio Misterioso. Se oían las horas transcurrir en los relojes acorralados por el tiempo. Las manecillas andaban sueltas para que fueran los habitantes del castillo quienes decidieran libremente la hora en qué vivían. Pero por las noches, cuando el concertista interpretaba Sonata y Fuga en re menor, las agujas se amodorraban dulcemente en los espacios vacíos y vivían el hechizo mágico de poder ser tiempo real durante unas horas. Las mismas en que los estrafalarios artistas se aposentaban allí y discutían sobre los últimos mitos inventados por el hombre viejo, y alcanzar, subidos a una escalera, la rueca vieja que hilaba la Bruja de los Mil Dedos, fantasmagórica y tétrica escena que hacía reír estrepitosamente a Polanquín. De repente, se oía la alarma por toda la Ciudad Mágica y el canto épico entonado por el héroe homérico: Praga es la ciudad más hermosa que mis ojos hayan visto. Los borrachos, los ciegos, los cojos, los vagabundos, se agolpaban en la puerta de la Ciudad Mágica para no dejar pasar a los enemigos que intentaban derribar la fortaleza. Y se oían en el interior de la Ciudad los valses de los ríos más hermosos que evocaban Strauss y los violines vianeses. Se calmaban los furores encendidos y lentamente se retiraban los enemigos. La mañana recobraba los fueros perdidos la noche anterior, e iluminaba los últimos recovecos de aquella Ciudad Mágica, encantada. Descubría, con asombro, la mañana luminosa a los infames amigos derrumbados por el suelo con una botella de vino malo a su lado y un facsímil en la mano; las viejas macilentas desaparecían entre las oscuras cortinas de una habitación sin vistas; y unos jóvenes noctámbulos cantaban canciones de barrio baratas y nauseabundas. Un pintor miraba el río desde una ausente lejanía. Las aguas se movían suavemente y reflejaban los pálidos rayos de un amanecer triste y sólido como la vida misma. Pensaba el río para sí: este pintor me mira con asombro. ¿Habrá descubierto en mí alguna nueva inspiración?. Tal vez alguna ciudad escondida que emerja de entre los turbios remolinos de este curso mío tan monótono. Limpia el agua le devolvía su mirada y los pálidos rayos del amanecer se alborotaban en la superficie lenta y brillante. El pintor seguía mirando lo más profundo del río difuminarse en los últimos albores, mientras se oían a lo lejos los acordes del organillo matutino y los chicos de la prensa que anunciaban los últimos acontecimientos. El pintor tarareó alguna canción familiar y en su interior se repitieron los versos del famoso poeta ossiánico: Ciudad Mágica enquistada en lo más profundo de la imaginación infantil/ limpia y blanca como el agua,/ quien te viera engalanada en los balcones del río/ y sumergirme en lo hondo para vivir junto a ti.          

 

El Sultán se había despertado. Sherezade había encontrado el siguiente manuscrito. Un clon llamó a la puerta en ese preciso instante y ante el asombro de todos los asistentes,  le arrebató el documento. Salió corriendo de la sala. Sherezade comprendió que habría llegado, a lo mejor, su última oportunidad. Pero la Memoria acudió en su auxilio. Le recordó las historias que había oído en los Bosques Húmedos, donde los pájaros se posaban en las ramas de los árboles gigantescos y esperaban al amanecer la llegada del Pájaro Errante.

 

 

 

 

 

 

 

 

El acusado

Soy inocente de todos los cargos que se me imputan. La voz sonó estentóreamente en toda la sala. Retumbó con tal impacto que el cristal de la ventana estalló hecho añicos y la frase se estrelló en la fachada de la sede central del Gobierno Permanente y fue dibujando sus letras, sinuosamente, hasta convertirse en una frase lapidaria.

               Un hombre diminuto de nariz afilada se acercó insolentemente hasta el acusado y le recordó sus derechos

-todos ellos extraviados en algún informe manipulado violentamente por la guardia palaciega-. La cámara enfocó el rostro del viejo marinero y deformó todos sus rasgos hasta convertirlos en una contrafigura de su imagen. Se sirvieron para ello de las técnicas más avanzadas. La fotografía resultó un éxito y conmovió a toda la opinión pública que se convenció definitivamente de la culpabilidad de aquel hombre.

                 Sus rasgos faciales denotaban el cansancio de muchas luchas interiores; su mirada era profunda como los largos caminos de las noches en que se desvelan indescifrables secretos; su sonrisa recordaba el inefable candor de las amorosas plantas que acariciaban los rostros envejecidos; su piel desprendía el olor de las antiguas y olvidadas flores que crecían con las torrenciales lluvias primaverales y sus manos ofrecían al cansado caminante el abrigo y refugio de las noches invernales en las que las  heridas mordían venenosamente el cuerpo magullado de los hombres.

                Mientras, los políticos repetían por todos los megáfonos de la ciudad que era aquel marinero el recuerdo sórdido de nuestros padres, de nuestros abuelos, y había que depurar la sociedad de todos los enemigos del pueblo. Porque era necesario mantener el honor y la patria y la vergüenza de todos los defensores del cuerpo social.

                Había que preservar los principios básicos del organismo estatal constituido tras una dura Revolución en la que murieron hombres, mujeres y niños en una purga colectiva -respetando siempre los derechos inalienables de los seres humanos-; pero se salvaron las culebras, los sapos, los grajos y las salamandras y las rocas y el duro granito y el perfil de las estrellas (pero no jugaron los niños, ni se oyó el lamento de un viejo).

               Se crearon comités para la salvaguarda y defensa de todos los ámbitos y estructuras humanas y sociales. Y se leyeron largos discursos, y se destruyeron muchos papeles inservibles, y se edificaron suntuosos y gigantescos palacios donde vivieron los hombres diminutos que se perdían por el dédalo infinito de pasillos y se miraban en los espejos amplificadores para convencer a sus asesores de imágen que ni Paul Newman, ni Lawrence Olivier, ni Peter O´Toole  actuaban tan bien como ellos.

                      Y se derribaron los viejos mitos y los tópicos y los lugares comunes para destruir la vieja historia del viejo y carcomido mundo y decidieron -hartos ya de tantas historias- coger sus enseres y trasladarse al planeta vecino donde no había ni meigas, ni ritos ancestrales, ni costumbres atávicas.

                      Pero hasta allí llegó el rumor del mar y del viento y el chasquido de las hojas amarillentas en una tarde decadente y el olor de la luna y el juego del niño y el lamento del viejo, y espiaban -en el crepúsculo del atardecer escondidos para que nadie les viera, para que nadie supiera nunca que su corazón era de carne- a los supervivientes de la Tierra en sus rutinarios quehaceres y les oían repetir las olvidadas trovas de amor, porque el sol no había cambiado su periplo y las flores seguían, asombrosamente, naciendo cada primavera y el amor continuaba siendo más fuerte que la muerte y los susurros se deslizaban por las esquinas y los hombres tenían un lugar donde morir.

                     Les gritaban desesperadamente y les lanzaban misiles para que desistieran de su empeño y se convencieran del error histórico en el que estaban inmersos, pero no les oían. Parecían sordos y ciegos y tener cal viva en los ojos y arena hirviendo. Y aquel marinero era el peor de todos ellos porque no levantaba su voz en la plaza y resonó estentóreamente su grito en el umbral de los siglos y nadie pudo detener el incesante clamor de su palabra que recorrió horizontalmente todas las fuentes y cañadas y la espesura del bosque y el declive de las montañas y la transparencia de los ríos hasta llegar a todos los confines de la Tierra, para que el silencio desapareciera y las gargantas pudieran entonar melodías nuevas.

                Después de este sencillo y trivial suceso, se reunieron los hombres del Gobierno Permanente y pusieron en marcha el mecanismo estatal. Salieron en brigadas especiales y barrieron las calles de los leprosos y harapientos que estaban tumbados por las aceras y los llevaron a los centros residenciales de gran lujo. Y allí recibieron todas las atenciones médicas y unas enfermeras rubias les cuidaban cariñosamente hasta el anochecer.

                   Después el corazón se les oprimía y se acordaban de su vida en la Tierra, de sus tertulias en la taberna del pueblo y de su partida de mus y de sus celtas y de la boina calada hasta los ojos dormitando a la hora de la siesta hasta que una linda muchacha, con su canasto de flores, les despertaba en su recorrido por las calles gritando "a dos reales, ¿quién quiere?. Son claveles frescos, a dos reales".

                    Se lanzaron octavillas desde los edificios más antiguos para convencer a los ciudadanos que  el viejo marinero de rostro duro y atezado era un elemento inestable para la sociedad y se dio orden de caza y captura y ofrecían ochocientas mil rosas como recompensa, para quien supiera dónde se escondía.

                     Y rastrearon toda la comarca y se pasearon por todas las guaridas y las cuevas y llegaron a las fondas de los suburbios y a las azoteas de los edificios más altos y se sumergieron en el fondo de los mares y una tarde, cuando una suave y brisa fresca acariciaba la ciudad, le encontraron sentado debajo de un árbol. Le reconocieron por su aspecto vulgar y, subyugados por el tono aterciopelado de su voz, se sentaron a escuchar las extravagantes aventuras que, como buen marinero, había experimentado en su dura y larga carrera vital.     

                   Regresaron todas las tardes y le llevaban tabaquillo para amenizar las tertulias en las que el viejo marinero  recordaba los terribles lances de la mar, cuando el barco se hundía azotado por el terrible oleaje y la tripulación se asía desesperadamente a una tabla de salvación. O también cuando en alta mar lanzaban las espesas redes y las subían pletóricas de peces de todos los tamaños y colores. Así se pasaban las veladas hasta bien entrada la noche; después volvían a sus casas y ocultaban a sus amigos que habían estado con el viejo marinero.

                     Cada noche aumentaba el número de los visitantes y también acudieron, de incógnito, los miembros del Gobierno Permanente y permanecieron absortos contemplando la transparencia de su mirada en la que se reflejaba toda la belleza misteriosa de las aguas marinas y se perdían en la profundidad de sus ojos y recogían allí piedras preciosas y revivían antiguas aventuras de héroes y bandidos y piratas que habían aprendido en los libros -viejos libros amarillentos que reposaban en el fondo de un viejo bául- y cuando retornaban a la inverosímil realidad se tornaban serios y graves y circunspectos.

                       Y firmaban numerosos papeles en los que se ratificaban acuerdos y se expedían informes para el aparato burocrático del estado. Mientras tanto, los jueces sentenciaron que aquel viejo marinero era culpable de todos los infortunios que afligían al nuevo planeta, porque había soliviantado a las masas y enternecido los duros corazones; porque les había descrito pormenorizadamente los atavíos de las lindas muchachas en la primavera y el rubor de las estrellas y las indiscreciones del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas contando las alegres historias de amor; porque no supo resistir a la tentación de cantarles viejas romanzas de las zarzuelas y se oía su voz por todo el puerto cuando entonaba "los ojos que lloran no saben mentir, las malas mujeres no miran así..." y se cortaba el aire y la respiración y se evocaban dulces nostalgias de aquel viejo planeta llamado Tierra.

                    El viejo marinero contestó a la interpelación del fiscal, con una voz rotunda y fuerte, que  era inocente de todos los cargos que se me imputan. El juez dictó la sentencia de culpabilidad y se le condenó a vivir perpetuamente enclavado en sus recuerdos, para que cuando se levantaran los hombres cada mañana, conocieran el aroma de las acacias y de la hierbabuena y el temblor de la escarcha y el color de la violeta. Para que cuando llegaran las temidas noches de verano en las que el calor arreciaba y los hombres saciaban su sed en inmensos barriles de cerveza, pudieran sentarse a escuchar los acordes lejanos de un organillo interpretando Suspiros de España o el desgarrado sentimiento del bandoneón que pasearía su tristeza por las calles de algún arrabal perdido por los puertos de aquel planeta, de aquel entrañable, viejo y desconocido planeta que los hombres, en un alarde de ternura, llamaron Tierra.

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La carta ajena

La carta ajena

 Si el cartero no hubiera llamado nunca a mi puerta para darme noticias de ti, habría ido en tu busca. Pero yo había abierto aquel sobre antes de que el cartero pasara de largo por mi puerta. Había leído detenidamente aquella carta que iba dirigida a un ser querido. Tal vez era yo. O tal vez no. Era la única carta en la que relatabas tus descubrimientos acerca de ese ser extraño que es el hombre. Quisiste conocerlo a través del diálogo con tus interlocutores que siempre te habían dado noticias falseadas de su trayectoria. Quisiste que la historia te descifrara el secreto de su destino; que la literatura te mostrara su verdadero rostro; que el arte te expresara sus emociones. Pero te equivocaste. Y después comprendiste que sólo un hombre te podría enseñar el rostro del verdadero hombre. Que sólo el contacto efímero y triste con el hombre, podría decirte quién era. Fue entonces cuando nos conocimos. Y cuando nos separamos dejaste esta carta olvidada en la mesa de tu despacho. No sé si lo hiciste a propósito. La leí detenidamente y sólo al final entendí lo que querías decir.  

 

Siempre que te sentabas a mi lado, las pocas veces que te permitías la libertad de hacerlo, me sentía enormemente feliz. Pero, muchas veces, alguien venía en tu busca y nos separaba. Nunca hasta entonces había sentido una emoción semejante ante la cercanía de una persona que pocas horas antes ni siquiera conocía. Sería tu increíble don de gentes lo que me había fascinado hasta el punto de desear enormemente disfrutar de tu compañía. La incapacidad, casi enfermiza, de comunicar mis emociones me había convertido en un ser distante para quien los demás suponían una carga demasiado aburrida. Y concederles mi tiempo no dejaba de ser una condescendencia que ellos pocas veces deseaban. Tú también lo debiste de notar. Por eso, al principio, las primeras horas, tal vez los primeros días, mostraste hacia mí un laconismo casi despectivo. Yo me había acostumbrado a aquellos prejuicios y mi naturalidad dejaba al descubierto ante quienes me rodeaban mis innúmeras defecciones. Sobre todo mi escaso interés por el mundo circundante, tal vez ante el temor de sufrir la consiguiente decepción. No realicé ningún esfuerzo en descubrir las posibles maravillas que encerrabas en tu personalidad. Me parecía que, como los demás, compartías con ellos su estulticia, su mediocridad, su convencionalismo y su hipocresía, por muy alto que hubieras volado.Y por muy arriba que te hubieran encumbrado el resto de los humanos. Buscaba entre la multitud, como Diógenes, tal vez hacía años, a un ser inteligente. Reconocía mi fascinación por la inteligencia. Ni el dinero, ni la belleza, ni la bondad, habían supuesto un acicate en mis afectos. Pero cuando descubría que alguien manejaba los sutiles resortes de la sabiduría, mi hastío se transformaba en asombro. En el mismo del niño que, de hito en hito, contempla absorto las sempiternas transformaciones de la Naturaleza. Me llenaba de gozo y pensaba que la esperanza regresaba otra vez como el niño que vuelve a casa después de un día de colegio, con el único deseo de encontrar un rato de esparcimiento con sus juguetes de plástico y sus muñecos de peluche. Volvía la esperanza al igual que se repiten los ciclos de la Naturaleza para confirmarme que el disfrute de la compañía de los seres humanos era el mayor logro que se podía alcanzar en esta vida. Que ni la fortuna, ni el triunfo profesional se podían equiparar a esos ratos de placer que suponía estar al lado de alguien a quien se quería o se admiraba. Pero siempre eran breves y escasos y aquello había convertido mi vida en una búsqueda desesperanzada de una felicidad inexistente. ¿No era Sartre quien decía que el infierno son los otros?

Hasta ese momento había renunciado a la felicidad que proporcionan los seres queridos. Creía que sólo estaban llamados a ella los seres insulsos, los conformistas, los gregarios. Los que ignoraban el dolor y el sufrimiento de los seres humanos, las tremendas plagas que azotaban a la humanidad. Los que se empeñaban en seguir cerrando los ojos ante la injusticia, ante la barbarie. Y apelaban a una bondad cotidiana, a un derecho irrevocable a ser felices. Con la felicidad que proporciona el bienestar. Olvidados y ajenos de todo lo que sucedía alrededor. ¿Cuántos millones de seres humanos viven en la felicidad que proporciona la ignorancia, convencidos de que la mejor terapia es no leer la prensa porque siempre es portadora de malas noticias?

 Yo me reía de ellos. De ellos y de sus costumbres. Y los miraba desde la indiferencia que produce el sentirse comprometido con un mundo agonizante como decía Miguel Delibes. Con un hombre que pugna por salir de la cueva donde le han encerrado los restantes hombres, en un alarde de solidaridad. Me reía de ellos y rechazaba con la misma crueldad su perfecto mundo en el que las mitos, los nombres ilustres, las editoriales, los directores cinematográficos, los autores teatrales pertenecientes a la aristocracia intelectual, eran el equivalente de los yates, de las musas, de las zonas residenciales, de los casinos y de los restaurantes de lo que con tanto desprecio denominaban hight.   

Me reía de ellos y me resistía a incorporarme a su mundo de tópicos vagos y superficiales en la misma proporción con la que me compadecía de los niños de las favelas, y de los que no tenían otra alternativa que empuñar un arma, de los que eran adoctrinados en el fundamentalismo del odio o explotados como mecanismo de producción en las multinacionales occidentales.

 Pero allí estabas tú aquella tarde, tan vulgar, pasando de modo imperceptible por mi lado. Mientras yo intentaba alejarme de todo hecho trivial que pudiera desvincularme de ese mundo agonizante. Y tú desde la lejanía observabas mis reacciones. Porque a ti, a diferencia de mí, te interesaba el hombre que pasaba por tu lado. El de carne y hueso, el que tartamudeaba cuando hablaba en público y se sonrojaba ante una equivocación. Y entonces yo me acordaba de aquellos versos de César Vallejo: “Considerando en frío e imparcialmente que el hombre tose y sin embargo se complace en su pecho colorado....” Y tú, cuando se acababa la pieza de música que estábamos oyendo en aquel salón acogedor y de decoración burguesa,  te levantabas y ponías los Conciertos para Violín de Bach. Porque sabías, en pocas horas te habías enterado de algo que otras personas en años desconocían, mi afición por el sublime compositor alemán. Entonces yo me sorprendía de tu interés por el hombre de carne y hueso. Por ese, que estaba a tu lado y tenía voz y manos y rostro. Y posiblemente cojeara al andar. Y su sonrisa resultara más una mueca esperpéntica valle-inclaniana que la sonrisa enigmática de la Mona-Lissa de da Vinci. Pero tú parecías permanecer al margen de mi reacción. Y aunque yo te mirara entre el desconcierto y la ingenuidad, tú seguías con la mirada fija en el periódico, porque a ti como a mí te interesaba también ese mundo agonizante, ese hombre encerrado en la cueva. Te horrorizaban también la hipocresía, la estulticia, el convencionalismo y el gregarismo. Sin embargo, como César Vallejo, te compadecías ante la tos del hombre, ante su pecho colorado. Tu risa, también iconoclasta, como bien te dije, destruía todas las imágenes falsas que el hombre construía en torno a sí. Pero dejabas intactas, como si de condecoraciones se trataran, sus propias miserias. Y las ponías como ejemplo de humanidad, junto a la tristeza y a la ineficacia y a la desorientación. Nunca te situaste por encima de la risa y el llanto. No miraste al hombre desde arriba. No sentiste la atracción vertiginosa de aplastarlo como si de un monigote se tratara. No te parecía un fantoche ni le veías vagar por los miles de millones de años de la historia en su soledad infinita, en un círculo vicioso, amoral como l´Etranger o perdido como Ulises en su trágica odisea diaria.

 Por eso, también te gustaban mi tristeza, mi aislamiento que yo convertía en actitudes propias de personas inteligentes. Convertía mi soledad en el habitáculo del clásico lopista “a mis soledades voy/ de mis soledades vengo”. O de aquel otro que todavía me fascinaba más, el de Fray Luis: “a solas su vida pasa, ni envidiado ni envidioso”. Y te burlabas de mi incapacidad por seguir atentamente los detalles de las prolijas historias que relataban y que yo siempre atribuía a mi desprecio por lo anecdótico. Te divertía despojarme de mi armadura y dejarme inerme, para demostrarme que tu conocimiento del ser humano era más profundo que el todos los pensadores, y el de los poetas y el de los escritores. Y yo claudicaba progresivamente de mis convicciones. De ahí que me contagiara de tu entusiasmo por rescatar al ser humano del olvido en el que le tenía la Humanidad. No intentabas convencerme dialécticamente. Te lo agradecí. Manejaste el lenguaje de la persuasión con la misma habilidad que el florín.

Pero a pesar de todo buscabas siempre la lejanía. Yo también. El miedo a la separación inminente convertía los breves ratos compartidos en momentos intensos. Desde el primer día, cuando te identifiqué como un ser más de la multitud de seres anodinos que pueblan el planeta, hasta el último en que tu despedida sobria expresaba de forma fehaciente la contención y el control que tenías sobre tus sentimientos, había sucedido lo imprevisible. Lo que nunca nadie se hubiera atrevido a augurar. Y yo recordaba mientras el coche me alejaba por aquella carretera sin asfaltar donde la Naturaleza toda había sido, en algún momento para mí, mi único interlocutor válido, lo diferentes que éramos. A ti te gustaba el monte; a mí, el mar. Mi afición por el cine europeo se situaba frente a tus preferencias más americanas. Hablamos poco de música, poco de literatura, poco de arte. En verdad, casi no hablamos. Nuestras ideas políticas diferían ostensiblemente. Incluso nuestras actividades profesionales. Y seguía pensando mientras me iba alejando, dejando atrás el bosque y el campo y la casa, cuál era la verdadera naturaleza de aquel extraño sentimiento. ¿Por qué no olvidaría nunca tu nombre? ¿Por qué me costó tanto aprenderlo?

 

Aquella fue la única carta que abrí. Y aquella fue la primera y última vez que compartimos un espacio de nuestras vidas. Después los años transcurrieron sin que nadie llamara a mi puerta ni me trajera noticias de ti. Había cometido la insolencia de realizar una incursión en un territorio extraño. No sé si fue la curiosidad o el deseo de modificar algo de aquella naturaleza selvática en la que se desarrollaba tu vida. Sólo sé que en algún instante sentí miedo y comprendí que había sido castigado mi atrevimiento. Sólo los dioses podrán juzgar.