Con tu rosa

Con tu rosa se ha vestido el llanto de primavera.

Y he cercado la torre de tu poeta.

Con tu rosa he vendido las acacias de aquel jardín

Y he escanciado la copa con tu sabor.

Con tu rosa he colgado mi beso de tu ventana.

Y he bajado al océano de tu dicha.

Con tu rosa he contado las luces de tus paisajes.

Y me he dormido al albur de tu regazo.

Con tu rosa he sabido de horizontes inabarcables

Y he cruzado la sombra de tu desierto.

Con tu rosa he abierto puertas inexpugnables

Y me he sentado a escuchar tu voz indómita

Con tu rosa he volado cielos imprevisibles

Y he contado las horas de mi destierro.

Con tu rosa he sabido de un sueño ignoto

Y me he perdido en los cantos de tus sirenas.

Con tu rosa he rozado los infinitos límites del universo

Y he sobrevivido al naufragio de tus mares,

Con tu rosa escribí todo mi llanto

en tus paredes calcinadas de rocío.

 

 

 

No te lo he dicho nunca

No te lo he dicho nunca?

Pues te lo digo ahora.

Tanta humedad, tanta pesadumbre, tanto frío.

Y luego, la incertidumbre

De no saber

Si volveré a ver tu casa, tu jardín

el rocío desprenderse de las hojas,

a la luna besarte las manos.

al viento apoderarse de tus ojos. 

No te lo dije antes?

Tanto abatimiento después de cien mil años de recoger

las rosas que nacen en el mar cada mañana.

Y la ignorancia 

De despertarme cada noche en los últimos retazos de tu beso amordazado.

No te lo diré nunca.

Aunque está esculpido en mi memoria

y en las calles sombrías de tu sueño.

 

La religión a la hoguera

La religión a la hoguera.

Como las brujas, como Juana de Arco. La religión a la hoguera, por impositiva, por reaccionaria, por falsa, por hipócrita, por regresiva, por coartar la libertad y agredir a la privacidad. Al fuego. Que no queden ni las cenizas.  Y cuando el fuego dibuje sus perfiles veremos las sombras sinuosas de las catedrales y de las ermitas románicas y del arte cisterciense y los Pantocrátor y las vidrieras góticas, y los monasterios, y el Santo Grial, las Madonnas de Rafael y Michel Àngelo, la anunciación de Leonardo, el Cristo de Velázquez o Dalí, las Purísimas de Goya y la Sagrada Familia de Gaudí o las pinturas de Sert. Y oiremos de fondo el Mesías de Hendel o el Ave María de Schubert o de Gunnot y las voces de los monjes entonando los cánticos gregorianos y leeremos entre las llamas La vida es sueño LLa Divina Comedia o a San Juan de la Cruz. Y juntamente con la religión, quemaremos otras brujas como la mitología o la cultura clásica o la filosofía o la física y matemáticas, porque tan herejes son Dafne y Apolo como los serafines y querubines, tan doctrinarios  Heráclito y Parménides como Santo Tomás o San Agustín y tan revolucionarios el clerical Copérnico como el ateo Hawkings y tan regresivos Scotto y Ockam, franciscanos y padres del nominalismo actual, como Wittgenstein. Y tan ideológico  es el laicismo puro como el anticlericalismo rancio que no purificaremos en el ritual catártico del fuego.

El laicismo puro y el anticlericalismo sobrevivirán a esta purga inquisitorial. Y juntamente con ellos, rescataremos de la hoguera a Marx y a Freud y a otros no cristianos, que son los únicos que han aportado alguna cosa a la libertad y a los derechos humanos, a la política y al progreso social y económico. Los primeros que han proclamado la dignidad del ser humano. Los únicos que han implantado la libertad en la sociedad del consumismo y han conseguido desterrar del mundo el sufrimiento, la enfermedad, la muerte y la injusticia. Y reconstruiremos un mundo a caballo entre el mundo feliz de Huxley y el virtual de Mátrix. Por eso cuando nuestros descendientes vean en alguna pantalla la imagen de un Cristo yacente, una voz en off les dirá que era un activista de Greenpeace y cuando pregunten quién era San Pablo,la misma voz en off dirá que un traidor a la causa sionista.

Después, apagados todos los fuegos, disipadas todas las sombras y quemadas todas las brujas y herejes de la cultura occidental, miraré a mi alrededor y como Quevedo no encontraré cosa donde poner los ojos que no sea ceniza de algún fuego.

                                             25 de Junio de 2003

Tu plaza

Alguien sueña tras los ventanales.

Alguien que mira tras los cristales empañados de la historia.

Buscando tu nombre.

Alguien que, distraído, mira hacia algún lugar de tu plaza.

Alguien que siente tu dulce palpitar en su intenso trajinar.

Alguien que, tal vez, quiere atrapar tu recuerdo evanescente.

Alguien que no sabe todavía que tú estás hecho

para soñarte, para bailarte, para sentirte o pasearte.

Todo, menos para llorarte.

Y menos a ti que eres viejo, silencioso y envuelto en añoranza.

Pero no triste.

Solo la lluvia, de vez en cuando, deja impresa su huella en tus soportales.

Y corre de voz en voz

Que tu plaza es tierna y dulce.

Y que por las noches recuperas las sombras del pasado.

Quién se atreve a soñar tras los cristales de alguna ventana de tu plaza?

No sabe, todavía, que todas las plazas del mundo

 

tienen quien las

 sueña?

No se queda sola tu plaza.

Tiene quien le acompañe en su trayecto por la luz.

Desde la primera vez que la vio se enamoró de ella.

En su rincón, allá, tras los cristales de alguna ventana de tu plaza,

Te preserva del polvo y del paso del tiempo,

de la indiferencia y de la ignorancia,

del miedo y del rencor.

Y te guarda dentro de un sueño.

La duda de Oriana Fallaci

La duda de Fallaci

A mí, como a Fallaci, me asalta una duda, pero no sobre la guerra, sino sobre la pervivencia de algunos principios inamovibles en la cultura occidental: ¿significará este movimiento popular que deslegitima todas las guerras, la muerte, al fin, de Maquiavelo? A la rotunda Fallaci, la duda la rescata del fundamentalismo que le atribuyen sus adversarios en la contienda dialéctica. Pero a mí su insistencia en distinguir entre guerras legítimas o ilegítimas me confirma que su postura, lejos de ser crítica con una generación de pensadores que son los artífices de la senectud de Europa, se decanta por un planteamiento maquiavélico del poder que continua socavando los cimientos del Humanismo.  

Si algo caracteriza al pensamiento occidental y lo aleja de los fanatismos islámicos es su duda cartesiana. La que tortura a Fallaci y la que tortura también a los franceses que no saben a qué carta quedarse: si a la del petróleo iraquí o a la del petróleo americano. Pero Fallaci tiene razón en criticar el fundamentalismo árabe y en decir que nunca podrán incorporar a su cultura la democracia. Ni otras muchas cosas como el sentido del humor que implica un distanciamiento emocional y crítico, del que carecen por completo. Ya se aleja de la razón cuando ataca a quienes no justifican ninguna guerra. Es víctima Fallaci de la trampa maquiavélica al entrar en el juego perverso de un debate absurdo: el sexo de los ángeles. La duda de la florentina se diluye cuando tiene que enfrentarse a los principios de la cultura occidental, a esos que ponen al hombre en el centro de los intereses. Entonces, la duda de Fallaci se tranforma en afirmación vigorosa al justificar la Segunda Guerra Mundial. Como si con esa certeza arrumbara el único método que nos ha hecho superiores a las otras culturas.

 Gandhi y Luther King no siguieron los consejos de Maquiavelo. Y consiguieron sus objetivos. Los gudaris son tan maquiavélicos como la Fallaci por mucho que enarbolen la bandera de la libertad, algo más romántica que la del petróleo. Pero igual de nefasta. Tampoco la guerra de los Treinta Años, ni las cruzadas medievales fueron justas ni legítimas. Ni contribuyeron al desarrollo de Europa, ni la preservaron de todas las amenazas que, posteriormente, la destruyeron. No son las guerras las que hacen poderosos a los pueblos, sino su cultura.

Oriana Fallaci fue para mí, desde que escribía sus crónicas de la guerra de Vietnam, uno de esos héroes que, como Ayax y Aquiles, construyen el imaginario infantil. Adonde se acude de vez en cuando para recuperar los mitos y desempolvar los ideales. Pero no es la duda lo que tortura a la periodista, sino la mala conciencia. A mí, como a Fallaci, me asaltan muchas dudas. No sobre la guerra sino acerca de la legitimidad de este debate sobre si los fines justifican o no la intervención militar. Fallaci, como sus adversarios, se mueve en la cuerda floja del maquiavelismo más perverso y cínico. Sólo tengo una certeza, como Descartes, como otros muchos: Occidente debe de recuperar sus ideales, pero no lo hará mientras la sombra goyesca de Maquiavelo continúe proyectándose  sobre una Europa cuyas dudas sigan siendo las que separan a Fallaci de los pseudopacifistas.

Sherezade y Dulcinea

SHEREZADE Y DULCINEA

No todos los hombres son violentos como el sultán de Las mil y una noches. No. Ni todos sufren misoginia en tercer grado como Nietzsche. Tampoco. Pero la ficción, que no supera la realidad por más que lo intente, nos ha dejado modelos tácitos de machismo y feminismo.

Y he aquí que la literatura árabe, paradójicamente, ha creado uno de los personajes más feministas de la narrativa:Sherezade. No se esconde Sherezade detrás de un burka. Por el contrario, se enfrenta al hombre que la quiere degradar y tratarla como “mujer-basura”. Y lo hace sin asumir ningún rol masculino. Sin claudicar de su feminidad ni lanzar proclamas antifeministas. Lo hace desde la praxis. La primera voz feminista de la Historia.La narración, tradicionalmente, ha estado protagonizada por la voz masculina. La palabra es el cuarto poder. ¿Cuántas firmas femeninas hay en el mundo mediático?

Sherezade, en capìlla, ha dejado a la posteridad una muestra de su inteligencia y creatividad asumida por una mujer.  Si el hombre la deja.  El sultán le otorga un día de gracia. Y otro. Y otro. Hasta las mil y una noches. Hasta perdonarle la vida. ¡Oh! ¡Cuánta magnanimidad por parte del sultán! La deja hablar. Hecho inverosímil. Solo por esto, el sultán se merece un cierto reconocimiento.  Y Sherezade practica uno de los derechos más negados a la mujer a lo largo de la Historia. Ahora también: decir lo que piensa.

 Pero si el sultán es el modelo árabe –versión integrista- del machismo, Don Quijote es la parodia de la virilidad en la cultura occidental. Nuestra cultura más proclive, evidentemente, al humor, crea uno de los personajes más ridículos de la historia. Amador de la “sin par Dulcinea”, “defensor de viudas” y “desfacedor de entuertos”. Verdadero como la vida misma, Don Quijote no degrada a la mujer, la idealiza. Dulcinea “la dama de los sueños” del caballero occidental  se vuelve campesina, como Aldonza Lorenzo  u hostelera como Maritornes. Los modelos femeninos como Dulcinea transformada, mágicamente, en Maritornes –también en la vida real- son los que operan en la mentalidad machista occidental. Y la realidad es que solo Maritornes es capaz de socorrer al caballero de la “triste figura”.

Sherezade, en el mundo árabe, y Dulcinea o Maritornes, en nuestra cultura, continúan todavía –vejadas, idealizadas o desmitificadas- teniendo una gran vigencia. Y los sultanes y los caballeros también.

Volver. Siempre volver

Volver.

Siempre volver.

A tu frente surcada por el viento.

A tus ojos, a tu llanto.

Al dolor de tu luna,

A tus manos silenciosas,

Al quebranto de tu voz,

A tu frágil misterio,

Al cansancio de tanta ternura.

A la locura del retorno.

Volver a la magia 

De la única vez.

Volver a aquel instante pasajero

Inagotable de tu sí.

Volver a la duda que nos unió.

A aquel lugar inhóspito

Donde los pájaros nacen y mueren en el aire.

Y bailar tu risa azul.

Y desvelar

Tu sombra, tus manos,

Tus paisajes desnudos.

Para que el tiempo, 

de verdad,

Para que el tiempo, fiel carcelero,

Nos abandone a su suerte.

Yo conozco

Yo conozco cada una de tus piedras,

Tu corazón extraño, tus veladas insomnes

Tan viejas y turbias como tus días.

Yo conozco tus ríos, tus relojes, tu viento,

Tus ríos, tus bosques, tus valles,

Tu silencio, tu luz, tus poetas.

Reconozco tu miedo y tu tristeza más allá de las montañas.

Sé que el amor y la risa anduvieron algún tiempo por tu alma.

He descubierto arañazos extraviados en el horizonte de tu frente.

Y aún así,

Recuerdo la magia del arpegio que inventaste para mí,

Que horadaste mi sueño en su sentir lejano

Y perdí la dulzura de tu calor y tu llanto.

Desde entonces deambulo, sin tarjeta de despedida,

Por las cumbres inusitadas de la nostalgia.

Más allá de tus montes y de tus ríos.

Más allá de la lluvia en la que te encontré.

Más acá de este otoño que te abraza

En las hojas caducas de tus árboles.

El homenaje

A ti te rindo mi auténtico homenaje: el silencio.

El silencio más oculto con el que pasas todos los días por mi lado.

El silencio pálido con el que descubres tus pasajes inéditos.

El silencio audaz con el que te has convertido en héroe de alguna historia.

El silencio con el que piensas todos mis actos.

El silencio por el que veo las estrellas con que me miras.

El silencio con el que callas todas mis voces.

Ese silencio en el que se desgarra mi esperanza.

Ese silencio ante el que me rindo sin consuelo.

Ese silencio po el que lloran las piedras

Y vuelan las gaviotas.

Ese silencio de tu cielo gris, 

que acaricia las puertas y ventanas de mi casa.

Para ti el silencio, mi auténtico homenaje,

Con el que rondas todas las noches mi jardín.

Esto te dejo:

Ser, simplemente, tu silencio.

 

               Susana Recio

Tras la belleza

En épocas de crisis sociopolítica, los artistas, tradicionalmente, han tenido fos opciones. O denunciar la realidad que les rodea o huir de ella buscando la belleza. Yo opté por la segunda.