Nocturno

Son las siete de la mañana.

La ciudad está envuelta en una oscuridad que corta el alma.

No tiene pintor que la haya retratado en el vértigo del silencio.

No tiene músicos por la calle que la entristezcan con su melodía.

Las farolas encendidas iluminan las sombras pasajeras.

Retales de vida y de muerte hieren los patios de las casas

Sumida en la niebla, inicia su largo trayecto.

No hay horizonte.

La noche empequeñece la ciudad.

Y el misterioso pasajero la alcanza con sus manos.

Se ven de lejos miles de rostros que todavía no han aparecido.

La ciudad, latente de vida, no tiene relojes que marquen las horas.

Solo el reloj de la estación indica que el tiempo no se ha detenido.

Todo tiene plenitud de esencia, de identidad.

Y el hombre se imagina, en un rapto de emoción, la fuente de donde brota el agua.

¿Habrá más vida detrás de la oscuridad?

Yehudí Menuhín y la Tierra Prometida

Menuhín y la Tierra Prometida

 

Yehudí Menuhín, además de ser atractivo, como dirían los hombres respecto de las mujeres, era un gran violinista. No entiendo de música clásica. Por tanto no puedo opinar de la perfección de su arte. Mi opinión queda en el estrato emocional, que también es inteligente. La primera vez que oí al músico judío me robó el corazón. Interpretaba las Sonatas and Partitas de Bach. Fue definitivo: amor a primera vista. Me pasa pocas veces. Claro que Bach es Bach. Pero también he oído otras interpretaciones de Bach que han provocado una crisis en mi adicción. Afortunadamente superada. Enfrentarse a Bach solo pueden hacerlo unos cuantos: Menuhín, Casals, Satoh y Gould.

Cansada ya de las discusiones políticas, de las corruptelas, de la ambición de poder, del nepotismo, de los debates estériles entre constitucionalistas y reformistas, el ruido extraño, chirriante, desgarrado y dulce del violín de Menuhín me devuelve al Paraíso Perdido de Milton. También a la Tierrra Prometida de los judíos. La nostalgia de los platónicos recorre cada una de sus notas. Debe de ser que lleva en su interior la amargura de una Tierra Prometida y perdida.  ¿Debe de ser el violín el instrumento de una reivindación histórica? ¿La expresión contenida y concentrada del dolor de un pueblo que desde el exilio clama por su tierra? ¿Debe ser el violín un instrumento que se sirve del lirismo para denunciar tantas vulneraciones de los derechos humanos? ¿El único instrumento que, al modo platónico, nos deja ver como entre sombras, entre notas desgarradas y tristes, una tierra recordada y añorada? ¿Debe ser el violín el único instrumento abierto a la esperanza?

Nada más lejos del sentimentalismo rancio que el violín. Ningún instrumento tan rebelde. Más inconformista. Y más cuando es Menuhín quien lo toca. Puede que el músico judío desentrañó toda la carga ideológica e idealista de este instrumento intimista. Un instrumento urbano que no imita los sonidos de la naturaleza como el piano, sino los crujidos de la Historia, los conflictos del hombre con su entorno,  los chirridos de las puertas, los gemidos rebeldes contra un destino incierto: las notas disonantes de un mundo ininteligible y caótico. Es la síntesis entre la abstracción platónica y el historicismo hegeliano o marxista. Nada panfletario. No existe el final de la historia de cuño marxista en el violín de Menuhín, porque se impone el recuerdo y la añoranza de la tierra prometida y perdida. Fue un enamoramiento repentino. Primero el corazón; después, la reflexión. Con Menuhín he entendido porque me emociona el violín: recuerdo la tierra perdida y añorada y me abre una puerta a la esperanza. En un mundo caótico e ininteligible.

Descripción

El silencio de la creación: Giacometti y Pigmalión

El silencio de la creación

Me han herido como un rayo, que diría Thèkhov, las lágrimas de Giacometti ante la soledad de sus creaciones. Como en su día lo hicieron las lágrimas de Pigmalión ante la estatua inerme de Galatea. Como las lágrimas de Garcilaso: "A Dafne ya los brazos le crecían". Es el drama interior del genio creador impotente ante su creación. Quién pudiera dar vida a una obra tan perfecta? Es otra vez la tentación sempiterna del hombre que supera los límites de su contingencia para alzarse dominador de la creación. En la inspiración creadora, el genio oye los murmullos de la naturaleza que lo van guiando por los espacios infinitos y minúsculos de la obra, pero hay un momento de terror, que es el momento del silencio. Cuando todas las fuerzas creadoras abandonan al artista y se queda solo entre el cielo y la tierra. Sin ningún consuelo. Abandonado a su suerte. Incomprendido por propios y extraños clama al Cielo un aliento de vida que dé sentido a su quehacer artístico. Gaudí lo hizo. Giacometti se encontró con la nada.

Giacometti abandonó a los surrealistas para seguir su propio estilo. No, no es la soledad de la postguerra la de Giacometti. Es su propia soledad.  La rebelión del artista que inútilmente crea una obra contingente, pasajera, plasmada en los espacios vacíos, en la estilización de las figuras, en las sombras que reflejan. No hay obra de arte perfecta cuando el genio se encuentra al final con el silencio de la creación, de sus lágrimas, con 

la incapacidad de poder dar vida a su obra, con el drama de Pigmalión.

Cuando Giacometti esculpe "Grupo de tres hombres" y "Objeto invisible" no está esculpiendo la filosofía existencialista de Sartre, el aislamiento del hombre en una sociedad asolada por la guerra, el absurdo de la existencia humana. O posiblemente la influencia de Sartre va más allá de la preocupación por el individuo. La obsesión que tenía Giacometti por la mirada de sus rostros y las horas que hacía posar a sus modelos hasta el agotamiento, denotan el perfeccionismo de un artista que esculpía la misma insatisfacción. La idea de belleza no está presente en sus obras. No creía en ella. La rugosidad de sus bustos expresan la imperfección de la Creación. Pigmalión clamó al Cielo y este se compadeció otorgando el don de la vida a Galatea. Giacometti optó por el silencio.

 

 

Pablo Neruda. Soneto XXV

Antes de amarte, amor, nada era mío:

Vacilé por las calles y las cosas:

Nada contaba ni tenía nombre:

El mundo era del aire que esperaba.

Yo conocí salones cenicientos,

Túneles habitados por la luna,

Hangares crueles que se despedían,

Preguntas que insistían en la arena.

Todo estaba vacío, muerto y mudo,

Caído, abandonado y decaído,

Todo era inalienablemente ajeno,

Todo era de los otros y de nadie,

Hasta que tu belleza y tu pobreza

Llenaron el otoño de regalos.

No tengo alma, me dijo.

No tengo alma, me dijo. Apelé a su conciencia, no sé si la tengo. Sentí una enorme desolación. Me dije, si no tiene alma para distinguir el bien del mal, ni corazón para distinguir lo bello de lo que no lo es. Cómo es posible que su pensamiento distinga entre lo verdadero y lo falso? Cómo es posible si el pensamiento no es más que la desesperada búsqueda por los intrincados laberintos que nos conducen a la posesión del bien y la belleza? Desde entonces víví largo tiempo en la zozobra e inquietud interiores.

El largo adiós

El largo adiós que no se acaba

Se ha apoyado en el pretil de la ventana.

Y las horas transcurren con el viento golpeando a mi puerta.

Te digo adios para siempre.

Lo he dicho tantas veces,

Que ya el frío no corroe mis entrañas

Y las lágrimas no pugnan por salir.

No estarás ya nunca más

En las hojas amarillentas de mís días

Y tu risa no hablará de aquel paraje en que te conocí.

El tiempo devolverá mis horas robadas a su dueño

Y conoceré otras luces y otras mañanas,

En las que tu ausencia

Será mi única alegría.

Y un largo adiós se extenderá entre tu vida y la mía.

La sonrisa de Dios

La sonrisa de Dios

Pensé en la sonrisa de Dios y me inspiré en los misterios que discurrían por las intrincadas sendas de los hombres. Me inspiré en sus voces que gritaban desde las paredes de las grandes ciudades, me inspiré en las lanzas que cruzaban la Historia. Busqué los nombres de todos ellos y aparecieron sus rostros grabados en todas las pinturas, en todos los lienzos, en todas las fotografías anónimas. Seguía sin comprender su sonrisa, su impenetrable sabiduría, su inefable pensamiento y quise descifrarlo a través de las estrellas y de los árboles y de los inmensos ríos y de los choques galácticos y de la infinitud del universo? Y otra vez volvía a encontrarme con la finitud del hombre y de su tiempo. Volvía a sumergirme en el caos de un universo que tendía a la unidad, y creí que el arte tendría la respuesta, que sería el reflejo de aquello que el hombre desconocía. Creí que descubriría a través de la música y de la pintura y de las grandes obras de los hombres -desde Bernini a Gaudí, de Bach a Ray Charles- las claves para interpretar el gran concierto del universo. Me empapé de Il Dante y de Boecio. De Velázquez, de Rembrandt y Caravaggio. Quise conocer la belleza de la policromía oriental creyendo que en su extraño lenguaje encontraría el significado de la armonía. Y me seguía cercando la disonancia, la mueca perturbadora, la finitud de los gritos, aunque se reflejaran en Munch o Dix.

Quise entender la muerte del hombre y me encontré con un presente inacabado y misterioso. Volví a recordar, como en sueños, la sonrisa de Dios. Me parecía tan lejana.Como enterrada en los escombros de una civilización que había fenecido y que celebraba, ininterrumpidamente, su sepelio. Desdeñé a Nietzsche porque nos había lanzado a la repetición indefinida de los actos y nos impedía ver la sonrisa de Dios que contemplaba a los hombres. Y aquellos hombres que habían muerto y que estampaban sus voces en las paredes me recordaban la sonrisa de Dios. Seguía con una angustia vital porque me recordaban los estertores de una civilización y de una cultura que yo no reconocía como mía. Me inspiré en la imaginación vertiginosa para recuperar al hombre. Creé personajes efímeros creyendo que ellos podrían personificar un mundo sin alma. Me inspiré en las fotografías de los desesperanzados, en los versos que ahondaban las heridas de la historia, en el hombre que habían matado César Vallejo y sus amigos. Busqué en todas partes y todas ellas me remitían a la certificación de su muerte. Y a todo esto, qué pensaba Dios? Como debía de ser su sonrisa Me atreví a enfrentarme a Él, desde la noche oscura, y le pregunté, como aquellos profetas veterotestamentarios, si se había escondido, si su sonrisa tenía algo que ver con la burla expresionista, si no sentía pena por el destino del hombre. Pero su silencio seguía impregnando las obras de los hombres. 

 

Ni la imaginación, ni la sabiduría ni la paz estaban presentes en ninguno de sus actos. Era una obra que se precipitaba en el abismo de su finitud. Volví a los clásicos para encontrar la paz en Michel Ángelo y Bernini, en mis pensamientos y en mis soledades, pero siempre me perseguía la sonrisa inquisitiva de Dios. De ahí, de su sonrisa, recuperé la esperanza y volví a iniciar el camino de regreso, acompañado esta vez de Virgilio y de Dante, porque la Divina Comedia no había finalizado. Y Dios seguía sonriendo.

Ya lo pensaré mañana

YA LO PENSARÉ MAÑANA

La verdad, decía Marcel no tiene nada que ver con el número de personas a las que convence, Mas se hace eco de un principio involucionista al apelar a la mayoría. La democracia es el respeto a las minorías. De todas las dictaduras, la peor es la intelectual: el adoctrinamiento que practican a partes iguales los medios de comunicación y la escuela catalanes. Contra la inmensa mayoría ha ido, a lo largo de los siglos, una pequeña minoría de intelectuales que, desde fuera de los espacios de poder, ha modificado el curso de la historia. Sabemos lo que piensan los pancatalanistas, pero con el proceso soberanista se reedita el debate que ha sembrado Europa de muertos. Tan solo una mención a Walter Benjamín que en su estudio, Discursos interrumpidos, utiliza la imagen del ángel exterminador para hacer balance del destino trágico de una Europa que ahora ve desaparecer su identidad cultural.

El riesgo de apelar a la inmensa mayoría es el de la aceptación del adoctrinamiento que amenaza la pluralidad democrática. Mas y Junqueres lo saben. Y Rajoy pospone la resolución del problema con la célebre frase: ya lo pensaré mañana.

Descripción

Yo tenía un amigo

Yo tenía un amigo

Que tenía una voz

Con la que hablaba de su casa

Y de su jardín.

Ya no tengo aquel amigo.

Ni aquella voz que hablaba de aquella casa,

Pero tengo mi voz,

Con la que hablo de aquella casa y de aquel jardín.

Tu nombre, única forma de amar

Tu nombre, única forma de amar

De la alegría al dolor.

Se pasea tu nombre ante la puerta gris del último círculo concéntrico

Como la brisa susurrante.

De un mar insólito, apagado y marchito.

Ancho y profundo, tu nombre,

Sacude el polvo de la tristeza acumulada.

Me duele el olor de tu nombre,

Antes me dolieron tus palabras

Dejando una herida al descubierto.

Irrestañable.

Dolor, única forma de nombrarte. 

Y le pregunto al Nocturno de Chopín

 por qué aquel banco está siempre vacío?

 

 

 

 

 

 

Amanece en tus  pupilas

Desiertas como rayos de luz

Sin embargo,

Veo en lo más fértil de tus ojos 

hálitos de vida que se esconden tras las tormentas nocturnas.

Y todo se vuelve azul. 

De la mañana a la noche

Del alacrán a la libélula

Lleno todo de luz de  que emana de la cascada de tus ojos.

Tan fácil es el mundo

Que traza tu memoria.

Así, tan fácil.

Tan versátil desde el pretil de aquellas noches

No te olvides de las turbulentas aguas

Que llaman a mi puerta.

Ni del nombre cincelado con tus dedos,

Haz que el presagio dormite por la calles de aquel barrio.

 Y el día entero se alzará entre la dicha de tu ser y mi palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Descripción