poesía

19. ago., 2018

En esta hora en que pareces ausente,

que el vacío del hombre ha llenado la tierra,

que la muerte ha vencido a los héroes,

que ya nadie contempla el infinito,

he oído un grito entre tantos escombros,

entre el polvo y el humo que levantan las sombras,

en mitad del abismo, en el rayo fugaz.

Un grito que cruzaba los siglos,

gigantesco, indómito, salvaje.

Un grito que venía a rescatarnos

de la rabia, del odio, del yugo atenazante,

y decía tu nombre, borrado de la historia,

sin miedo, sin ambages, sin pudor.

El último grito en un mar de dolor,

un grito como un eco de esa luz invisible

que todos divisamos en la noche.

Incluso los ciegos y cautivos.

14. ago., 2018

No existe la soledad para quien sueña,

para quien vive en el quicio de lo imposible,

para quien no tiene equipaje ni banderas,

para quien habita las heridas ajenas.

 

No existe la soledad para quien grita,

para quien ama, aunque sea de rodillas,

para quien vive la alegría palmo a palmo,

para quien tiene un rincón para los pobres.

 

No existe la soledad para los héroes,

ni para aquellos que encendieron las antorchas,

ni para los que alguna vez retaron a las sombras.

 

No existe la soledad para los viejos,

ni para los que descubrieron el misterio de la noche,

ni para aquellos que hablan con Dios cuando están solos.

9. ago., 2018

Hoy he buscado en mi armario

esa carta de amor que vino de improviso.

Esos amores antiguos tienen el sabor de la belleza

y el color de los lagos en otoño.

Son como pájaros,

que regresan al primer nido

cuando ya todo está vencido y derrotado.

Leo la carta con la avidez de la primera vez,

mientras suenan violines en los templos

y la luz se hace cada vez más real y más tangible.



El río ya no está turbio.

El bosque ha vuelto con sus latidos penetrantes.

Los montes han abierto sus brazos al hechizo.

Las cumbres ya no están solas.

Se respira un aire doliente y mágico.

 

Hoy ya no le tengo miedo a la noche.

7. ago., 2018

Me mira desde el fondo de una calle

o tal vez de una historia que sucedió en París,

en un hotel que sólo habitan fantasmas y duendes,

en un lugar adonde ya no llegan los sueños,

ni los trenes llenos de promesas y aventuras.

 

Me mira desde lejos.

Quizás quiera saber quién soy,

qué impulso me lanza a cruzar el puente

que separa su vida de la mía,

a derribar el muro que hay tras sus ojos de acero.

 

Me mira desde lejos,

tal vez quiera preguntarme

qué hago yo aquí, en esta sala,

mirando su retrato,

este fondo impenetrable del alma

que sólo lo ve Dios.

5. ago., 2018

Me piden muchas cosas:

promesas, mariposas, palacios, historias que contar.

A veces me piden hasta el mar.

Yo les digo que sólo tengo duendes,

que nací en un barco que un día naufragó.

Les cuento un sueño que tuve cuando niña

en que un dragón era bueno y lloraba por las noches.

Se callan cuando llueve

y entonces llegan los piratas

a robarme el corazón.