poesía

16. feb., 2019

¿Qué hago en este largo tren,

si el tiempo me mira sin descanso?

¿Qué hago en este hotel destartalado

si ya no quedan comas ni puntos suspensivos?

¿Qué hago nadando contra el viento

si el mar es un soldado derrotado?

¿Qué hago leyendo a los poetas

que un día me traicionaron con su espada?

¿Qué hago en esta calle somnolienta

donde el amor es un viaje sin destino?

¿Por qué no regresar a la lluvia de la infancia,

al color intacto de las amapolas,

a la magia recién amanecida,

a la verde pulsión de las raíces?

¿Por qué no ser enano o payaso una vez más?

¿Sherezade o Dulcinea de los bosques?

¿Penélope o el príncipe irredento?

Regresar con la maleta vacía,

desechar los recuerdos con sus noches,

dejar que el otoño se muera en el olvido,

impedir que se apaguen las trovas de los ángeles.

Volver a mi patria una vez más.

16. feb., 2019

Contra toda esperanza he querido ser árbol,

he querido ser esa estrella que palpita a lo lejos,

he querido vivir la aventura,

alcanzar otros mundos,

vivir a la intemperie o saltar aquel muro.

Ser la voz que despierta despacio,

el sueño que aplauden los niños,

el bufón escarlata en la noche de feria,

la canción que repite el jilguero en su rama.

 

Contra toda esperanza he aspirado

a tener el poema en mis labios,

y poder afrontar este último adiós.

14. feb., 2019

En tu nombre he cruzado muchos mares,

lanzándome a la aventura de lo incierto,

soltando amarras y abandonando el puerto,

para ver la belleza de los peces.

He hecho la maleta tantas veces,

que ya no tengo nada que llevarme

a esa ciudad extraña y misteriosa.

He bregado en el silencio y en la lucha,

esperando que los sueños se cumplieran

y se hiciera el paisaje más profundo.

En tu nombre he pronunciado palabras

que solo los sabios entendían,

aquellos que son como niños y palomas.

He hecho tantas cosas en tu nombre,

que solo tengo llagas en las manos

del esfuerzo por nacer cada mañana.

10. feb., 2019

Era un domingo de Cristo Rey,

un domingo de trompetas y de ángeles.

Un domingo en que Dios está cerca

aunque los hombres anden en tinieblas.

No llovía, aunque noviembre era ese mes sombrío de difuntos,

en que las tardes pasan somnolientas.

 

Él estaba en la montaña,

bajo un cielo más azul que de costumbre.

Ese cielo que miraba era espejo de su alma,

abierta a todas las luces,

sin puertas ni recovecos.

Andaba deprisa, sí,

dejando atrás lo inservible,

lo que pesaba,

el lastre que le ataba a lo caduco,

para subir más ligero,

más desnudo que la noche,

más fecundo que la tierra.

 

Era un Domingo de Cristo Rey,

y él estaba en la montaña

para alcanzar otra cumbre,

la que siempre deseó,

la que soñó cuando niño,

la que nunca se ocultaba,

aunque la niebla pesara,

la que estaba al final de la montaña,

la que vislumbró al mirar ese cielo

tan azul como su alma.

3. feb., 2019

En este jardín, donde los ángeles construyen nuevos sueños

de las antiguas historias de amor,

hoy enterradas en el fondo de un mar lejano y triste,

veo pasar los últimos héroes derrotados por el viento.

Llevan en sus manos copas que antaño fueron leyendas,

pasajes victoriosos a la luz de la hoguera.

Pronuncian palabras inefables que algún día fueron ímpetu y coraza.

Se refugian en un bosque milenario

donde hay templos, castillos y un lago cubierto por la nieve.

Tienen nombres de magos y de sabios,

poetas, profetas y arlequines.

De vez en cuando un violín rasga la noche

y les canta las trovas encendidas de antiguos amadores.

 

En este jardín, donde hoy mis ojos anhelan otro cielo,

solo me acompaña la fría soledad de las estatuas,

esas que tejieron un mundo sin noches y sin sombras.